martes, abril 26, 2005

Hernán y el taller (Argentina)

Balance de Ernesto Valverde (Argentina)
Taller de Redacción Periodística

Cuando lo chuparon a Hernán a la salida del bingo Avellaneda, conocí al periodista. O mejor dicho, descubrí, identifiqué, individualicé al tipo que firmaba esas notas en el diario.
Me llamó la atención.
Imagine... Había estado haciendo una entrevista durante el día, necesitaba relajarse y fue a la ruleta... O no, discutió con el gordo Lanata, o se peleó con su mujer, y fue a olvidarse del mundo en una maquina tragamonedas.
Me llamó mucho la atención el lugar elegido por la patota.
El secuestro provocó que, independientemente de que ya lo leía sin saber quien era, ahora buscaba las notas firmadas por HLE, como lo hacía desde antes con Pasquini, Bayer, los cuentos de Dal Massetto.
Los nuevos golpes o secuestro en la puerta de la casa en la avenida Entre Ríos (ya no recuerdo exactamente la situación) me sorprendieron y me asustaron mucho. Era pleno centro, yo pasaba muy seguido porque vive ahí nomás un amigo.
Una vez, bueno. ¡Pero ya eran dos!
Indudablemente Echagüe estaba jodiendo en demasía. En la Argentina del culo del mundo, un país tercermundista y todo eso, no era para nada imposible pasar a valores a un periodista. (De hecho, años después, fusilaban a Cabezas).
Leí "El otro" y me gustó mucho. Pero después perdí el hilo. No supe más nada. Escuche que vive en Uruguay alejado de la ciudad. También me llegaron relatos de algunas tropelías y andanzas que me provocaron ya cierta simpatía.
Años después lo vi en una charla sobre un documental de educación popular en los setenta. Las coincidencias eran tales, que nadie podía negarme que además de escribir "lindo" era un tipo piola.

Hay un taller

Cuando recibí el mail sobre el taller fue más que oportuno. Con casi treinta y cinco años quizá edite un libro que me tiene lleno de miedo y de inseguridad. Me gusta escribir. Demasiado. Pero jamás estudié. Jamás hice cursos, talleres... Jamás trabaje en un diario, revista, agencia de noticias, canal, radio.
No sé si escribo bien. Y me llena de miedo.
El trabajo me absorbe los minutos, horas, días de mi vida. El puñado de los que me quedan, los usan mis hijos. Y a ellos nunca les quedan los mejores. Son los que estoy cansado, pasado, abrumado.
Un taller por mail con Echagüe era ideal. Confieso que me entristeció que por cien pesos él contestaría personalmente. Mis cincuenta alcanzaban sólo para Laura. Pero el hecho de enviarle el mail a él también, quizá provocaría que leyera los textos.

Taller HLE

Resultó vertiginoso. Rápido. Corto.
Los mails de Hernán parecían la revista Anteojito o Billiken, o los chocolatines JacK: venían con regalitos... (¡por el mismo precio!).
Textos excelentes algunos, y otros que no llegaron a seducir.
El que resultaba más atractivo (y corto quizá) era el mail de Hernán. Desde el principio Echagüe no se puso en posición de "pedagogo", en dueño de la verdad absoluta en la materia. Se permitía la disidencia.
El primer ¿desencuentro? fue el "corregir muchas veces un texto; escribirlo y alejarse de él, para después agarrarlo y modificar, cambiar, sacar..."
Mas allá de estar de acuerdo con que es necesario corregir, hacerlo muchas veces me daba la sensación de que uno casi ultrajaba el "verdadero" texto. Le sacaba espontaneidad, frescura, gracia...
Vino la crónica y escribí sobre la noche de Cromagnon. No me había parecido mala. Laura al corregirme y más allá de marcarme algunas repeticiones que, al volver a leer el texto estaba clarísimo que sin ellas mejoraba, "sugirió" algunos cambios que no me gustaron. Hice de tripas corazón y escribí lo que me pedían. El resultado para mí, era inferior al original. Pero gustó y sentí que escribía lo que pedían.
Laura, desde afuera, leía los textos sin mis subjetividades. Encontraba gerundios para eliminar (¡puta!, ¿qué carajo era un gerundio?) que provocaban en mí la necesidad de alejarme mas de los textos, para lograr realmente mejorarlos. Y ocurría. Para que quede claro, no estoy hablando de los textos del taller, hablo de los míos, para que un día dejen de ser míos y sean del resto.
En la otra nota de opinión escribí sobre la mañana del primer día de clases de Julián y fue otra nota disfrutada.
La conferencia de Ramonet fue remada... (una de cal y una de arena, dicen). Costó, y otra vez esa sensación de escribir lo que piden que escribas. Pero bueno, hay que aprender a hacerlo, o quizá saber si uno esta en condiciones de hacerlo, en caso de que sea necesario.
La autosemblanza provocó una sensación extraña.
Jamás escribí sobre mí.
Hacerla fue casi decirle a otros el miedo de no ser...
Llegó el trabajo de la semblanza de un personaje conocido, y llegó la trampa...
Escribí sobre Mata Hari. Pero en realidad ya estaba escrito.
Laura me habló de que se pidió 4 mil caracteres y la nota tenía ¡14.800!
Que parecía el capitulo de un libro, y que era imposible de publicar en una revista.
Que me animé a entrometerme en pensamientos y sensaciones, y que esos recursos no "eran de una semblanza periodística".
¡Cuanta razón tiene Giussani!
La nota efectivamente es un capitulo de un ¿libro? Efectivamente hay una intencionalidad de meterme en pensamientos y sensaciones, luego de una previa investigación sobre Mata Hari y otros personajes, conocidos y desconocidos.
Le debo una inmensa disculpa a Laura, por someterla a un texto que sabía que no era el pedido.
Al original de Mata Hari solo le había hecho unas "amputaciones", porque realmente es más largo.
Cuando lo mandé pensé que Giussani iba a comprobar la cantidad de caracteres y me lo iba a tirar por la cabeza: esto no es lo pedido.
Pero creo que fue leído en forma total y me da culpa...
Laura también hizo correcciones que me sirvieron para el texto en sí.
Vinieron las dos entrevistas y también fueron sufridas (Tomás Eloy Martínez y Jorge Lanata). En particular, me encanta hacer, desgrabar y editar una entrevista. El tema fue el poco tiempo. Intente durante las dos semanas hacer una entrevista nueva, pero no lo conseguí. Las personas que me podían interesar, no estaban todavía accesibles, yo necesitaba más tiempo durante el día para la "producción", que no tenía. Tuve que recurrir a entrevistas antiguas. Muy antiguas.
Esto me provocó la sensación de que estaba trampeando otra vez, y no pude dejar de aclararlo. Por lo menos fueron notas que, por diversos motivos, jamás fueron desgrabadas y editadas. El taller dio la oportunidad.
Terminamos bajando el nivel de goce, corrigiendo a Rocío. Odio corregir. Jamás podría trabajar de eso. Corregirme a mí es suficiente (y necesario). Yo corrijo lo que escribo. Pero disfruto mucho más escribiendo.
Laura, a través de todas las correcciones que me iba haciendo, parecía que descubría los lugares que yo descuidaba. Los lugares que pasé por alto. Porque realmente coincido en muchas de esas correcciones. También me quedaba la sensación de que si tuviera más tiempo para dedicarle, seguramente las habría "descubierto" solito... Me dio bronca y miedo. No en sí por los textos escritos para el taller. Sino por los otros. Por los míos.
El taller estuvo realmente bueno y rápido. Escueto. Vertiginoso. Me queda la sensación de que Hernán se queda con más cosas, que podrían alimentarme y engordarme si el taller durará más.