martes, abril 26, 2005

Encontrar la voz (San Juan de Puerto Rico)

Balance de Edwin R. Quiles (San Juan de Puerto Rico, Puerto Rico)
Taller de Crónicas Periodísticas

Desde el sillón en mi balcón veo la lluvia caer a torrentes. Parece una lámina espesa y traslúcida. El estruendo que produce el aguacero reverbera en mi cerebro como un ruido cacofónico. El movimiento torpe del balancín, el chillido de sus coyunturas imponen mi presencia. Trato de encontrar una voz atinada que describa con claridad lo que siento y palpo. Intento organizar la multiplicidad de ruidos ininteligibles que se mezclan en mi interior, para escribir lo que veo, imagino e intuyo, sin lograr decir nada. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo aprender a decir, a contar, es decir a compartir mi mundo, denunciar y educar con la escritura?
El taller ha sido una gran oportunidad para trabajar esa voluntad, ¿acaso necesidad?, de crear con la palabra. De buscar mi voz. Ha sido una suerte de puerto seguro donde desahogar una carga, por momentos desorganizada, por momentos lustrosa, sin temor a ser devuelta por falta de franqueo, por falta de oficio. Crear ese espacio de confianza ha sido fundamental en este ejercicio. No puedo menos que decir gracias por esa generosidad. Mirando hacia atrás, releo mi primer trabajo y noto unas grandes deficiencias. Fuiste sumamente generoso, pero con la suficiente carga crítica como para hacerme conciente de los problemas y las posibilidades de salir del hoyo. Al retrabajarlo sentí como un alumbramiento, como si de pronto comenzara a entender unas claves necesarias para abrir puertas y continuar la travesía de la escritura. El taller supuso mucha disciplina y esfuerzo, compensado muy bien por los comentarios y críticas semanales.
Hace ya muchos años, cuando apenas comenzaba la secundaria, un certamen de ensayo convocado por la municipalidad a raíz de la instalación de unos mosaicos monumentales me convocó a escribir. Obtuve el primer lugar y quedé convencido de que tenía mi futuro asegurado como un gran escritor. Después la vida tomó sus propios ritmos y perdí ese norte que estoy intentando reencontrar desde hace algunos años. No obstante la experiencia dejó en mí dos lecciones que nunca olvidé. Luego de preparar el ensayo se lo mostré a mi madre, por aquello de ir a la segura antes de entregarlo a la maestra.
"¿Tu estás seguro de que lo viste todo? Creo que debes volver a mirar". No me dijo nada más. No hizo falta. Esa frase, digna de un maestro zen, abrió todo un mundo. Me hizo conciente de la necesidad de mirar críticamente. Volví a escribir el texto y muy orondo lo entregué a la profesora quien sin demora me preguntó: "¿Has dicho todo lo que quieres decir? Por ejemplo esta frase se puede decir de esta otra forma, y aquella…". Otra lección magistral sobre la necesidad de leerse uno mismo críticamente y la posibilidad de manejar creativamente las palabras. El taller ha traído a mi memoria y consolidado estas lecciones un tanto olvidadas.
Vuelve a llover frente a mi balcón y salgo a caminar. La cabeza mojada y la ropa pesada me obligan a andar despacio. Miro el brillo de los parabrisas, las luces reflejadas en el pavimento, las máquinas que torpemente se mueven aplastando las gotas caídas como dardos. Comienzo a imaginar un poema. Tengo la palabra.