martes, abril 26, 2005

Balanceándome (Bilbao)

Balance de Alvaro Tutti (Bilbao, País Vasco)
Taller de Redacción Periodística

La hora de hacer balance, de valorar. Andamos un camino, hacemos una tarea y, una vez llegados al destino, pensamos si estamos en el lugar que queremos, si nos gusta allá adonde arribamos: ¿se cumplieron las expectativas?; y tengamos en cuenta que muchas veces nos creamos -por decirlo de algún modo- falsas expectativas.
Aún a sabiendas de que todos los caminos no llevan a Roma, aún a sabiendas de que no es posible estar en dos lugares a la vez, siempre pensamos que se va a dar el milagro de lo inesperado, de la casualidad.
Uno, el primer día de clases siempre calcula que, amén de aprender algo, va a poseer algo más allá del currículo: quizás, además de rendir materia exitosamente, uno encuentre novia o vaya usted a saber qué.
En este caso, valorando mi grado de satisfacción respecto a lo realizado, me voy a dar un siete. Un siete sobre diez, un notable.
Pareciera una quimera acercarse al diez, no en esto únicamente, en todas las cosas. Y claro, no soy la Nadia Comanecci del bolígrafo (¿o debiera decir del ordenador?).
Y aviso, me doy un siete porque estoy valorando mi propia experiencia: a los maestros convengamos en ponerles un nueve; no vamos a dar el diez pues siempre es posible mejorar y hay que dar alicientes a los docentes. Así seguirán enseñando y encontrando milagros al bajar del bondi; milagros encarnados en nuevas historias, en sorpresas, en la satisfacción de que, algunas veces, el alumnado acierta a hacer algo, el alumnado aprende y, fuera de la supervivencia y/o el vil metal, esto también es importante. Es lo importante.
Sabía sobre qué iba a versar el curso. Incluso conocía de primera mano (o próxima) de qué iba el asunto. Además, mi propósito era comprobar si podía escribir decentemente algo más que cartas.
Bueno, parece que me da para escribir buenas cartas y algo más. Aunque poco, algo más. Y eso, para mí, es satisfactorio.
Pero, a lo mejor, me faltaron sorpresas y milagros: es difícil levantar una mina por internet y es raro que la profesionalidad deje de serlo por los desvaríos del alumnado.
No me puedo llamar a engaño, no puedo sentirme defraudado porque conocía el destino; pero, secretamente, deseaba que la cosa derivara hacia lo narrativo, hacia el desvarío, más que hacia la lógica periodística, a la meticulosidad.
¿Esperaba el milagro de que un curso de periodismo me solucionara otros problemas, otras cuestiones? Son cosas que pasan: no nos hemos dedicado a escribir novelas, ni poemas de amor, ni a investigar sobre políticos corruptos. Mas, amigos, la fama del jefe de la calesita, del que pone el nombre a la web y al curso, hace que imaginemos de todo.
Faltó el milagro, pero aprendí cosas, recordé otras y volví al mundo. Entre lo que aprendí, resaltaría toda la parte "técnica": desde la obligación de usar un ordenador a la de respetar un número de palabras; la necesidad de pulir, de no conformarse con la primera palabra, la necesidad de no engañarse y comprobar, una vez más, que cualquier cosa que hagamos, que cualquier satisfacción necesita de un esfuerzo, de esa meticulosidad y profesionalidad de las que hablaba antes.
Y bueno, la pena (más que pena, sugerencia) de no profundizar más en lo narrativo.
Claro, no puede haber milagros y nadie nos puede enseñar a tener imaginación para construir historias, ni las páginas se van a escribir por sí mismas.
Es también satisfactorio haber participado de un grupo, de una virtualidad común, de haber recibido con cada trabajo, con cada nuevo encargo, soplos de rebeldía, de entusiasmo: sabéis contagiar entusiasmo, sabéis enseñar. ¿De qué me puedo quejar? De nada, bien contento que estoy, eso que entregué trabajos tarde (ya sé por dónde debo mejorar), calculé números de caracteres a ojo y pasé olímpicamente de hacer la corrección (aquí se juntan la fiaca y el recuerdo de mi etapa como docente, la cual no quería recordar ni por un segundo).
Decir que me gustaron más los primeros trabajos que los últimos y que escribir con resaca es un castigo que no imaginaron los desquiciados dioses griegos.
Y sí, es una amenaza: no estoy satisfecho con este balance que acabo de escribir; llevo días pensándolo, lo reflejo ahora, pero me quedo con la sensación de que me falta algo. Y me falta algo porque en tres meses, en tantas semanas, en una docena de trabajos reflejamos cosas, vivimos otras y hoy no me encuentro capaz de reflejar esa conexión entre el curso, el papel, mis idas y venidas, los cyber con cumbia villera, las satisfacciones y la pereza.
Es una amenaza: prometo volver.
Muchos besos.