viernes, julio 01, 2005

HLE

Por Alejandro Toro

Escribo sobre alguien que siguiendo los rigores de la modernidad, constatadora al máximo y siempre exigiendo pruebas, podría no existir. Eso es posible si, como es mi caso, nunca has escuchado su voz ni visto su cara en la televisión.

Para mí, la historia de este personaje se inició hace sólo cuatro meses. Antes, ni en sueños. A comienzos de marzo, un amigo me comentó sobre un taller de crónica a través de Internet que impartía un periodista argentino, que vive en Uruguay. Su nombre, en ese entonces: Hernán López... algo.

Hernán, hasta hora, es sólo letras, palabras, oraciones, párrafos y textos, personalidad literaria que batalla entre línea y línea, y que enfrentado a cada disyuntiva si el punto es aparte, seguido, lo acompaña una coma o viene doble, deja ver y enseña algo de su esencia.


Lo poco que sé de él es gracias a la distancia virtual; por sus comentarios en correos electrónicos durante el taller o por lo visto en su página en Internet. En su vida literaria hay nombres que se repiten, ordenados sin orden pero intuyendo importancia: Juan José Saer, Rodolfo Walsh, Truman Capote, Gabriel García Márquez, Tomas Eloy Martínez, Carlos María Domínguez, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, Oscar Wilde y varios más. En la familiar, está al borde de los 50, tiene tres hijos y una esposa llamada Laura, también escritora.

Muy joven partió a Brasil, viaje “gentileza” de la dictadura argentina. Regresó a su país en 1984, época de comunión con la literatura y el periodismo. Vive en Uruguay desde 1998, segundo exilio autoimpuesto tras sufrir reiteradas agresiones y amenazas debido a sus trabajos periodísticos que a más de alguien incomodaron en Argentina.

En 1994 Hernán publicó su cuarto libro, “Resaca”, en justicia el primero, pues surgió de “El menor de los Ocampo”, iniciado diez años antes. Con “Tierramemoria”, en 2004, ya completa nueve publicaciones.

Difícil saber cómo es físicamente, aunque algo se puede especular tras observar las únicas dos fotos de Hernán disponibles en su página web. En una, tomada en un día soleado, quizás dónde, va caminando y el retrato de medio cuerpo lo muestra, de lado, mientras mira hacia atrás. Lleva lentes oscuros, el pelo crespo - aunque no tanto- y por la contextura de su cara no debe ser gordo. ¿Mide tal vez 1,73? Se ve joven, en torno a los 35. En la otra imagen, ya las canas asoman en su cabeza ondulada; debe estar en los 45 años. Sentado frente a varios micrófonos, con lentes para lectura, ofrece, un día indeterminado, una conferencia de prensa o dicta una charla.

Tengo al menos cierta certeza: Hernán es delgado (o lo era en las fotos), pese a su afición a la buena mesa. Estoy seguro que en los días de frío agradece un buen plato de lentejas y una generosa copa de vino tinto. Pero no sólo eso: sus manos llevan las riendas del delantal en su casa situada a siete kilómetros de Nueva Palmira, un pueblo uruguayo de sólo siete mil habitantes; las mismas manos que, sentadas en una ruidosa silla frente al computador, probablemente buscando a través de la ventana la palabra más apropiada, justa y que agradecerá el lector, escriben cada día, a través de otros y otras, la historia de Hernán López Echagüe o si se prefiera abreviado en sigla, de HLE.

Gustavo Vidoni

Por Daniel López

Para muchos este nombre no dirá nada. Para mí es todo.

Dicen que un amigo es lo mejor que puede tener un ser humano. Entonces afirmo que no tenerlo es lo peor. Ya pasó un año y medio desde su partida. Nadie la quiso, ni siquiera él. Fue una bala certera que traspasó sus pulmones y la aorta para dejarlo sin vida. Y dejarme sin amigo.

El gringo era un ganador. De un físico privilegiado para los deportes. Fue campeón argentino de cien metros y de salto en largo. Derrochó talento por las canchas de fútbol de varios lugares de argentina y destrozó arqueros con sus remates a quemarropa. Hizo gritar muchos goles y le dio grandes éxitos al Club Social y Deportivo Luis Beltrán.

Gustavo dejó cuatro hijos, todos, menores de edad; y a su mujer en la dura tarea de seguir educándolos. Con el dolor de buscar día a día una imagen paterna que no volverá jamás. En realidad no fue Gustavo quien dejó a su familia, sino el asesino que descargó su ira y cobardía en el cuerpo de un hombre desprovisto de cualquier arma, salvo la de enfrentar cara a cara a quien sea.

Apenas había superado los 42 años y la vida se le terminó. Dividió su tiempo entre el campo, con las ovejas, los chivos, las vacas, los caballos; y la pasión del fútbol. De chico supo correr avestruces en le medio del prado con absoluta inocencia de entretenimiento, de allí su velocidad a la hora de andar. Fue a un colegio “de Curas” en donde, junto a Nelson –su hermano-, hizo travesuras, conoció a su primera novia y se hizo popular por su porte. Esos 90 kilos de fibra repartidos en un metro ochenta hacían vibrar ante cada discusión o delante de cualquier injusticia. Vidoni siempre estaba del lado de los oprimidos o de los más inofensivos. Era una especie de héroe anónimo que habitó los suelos de esta Patagonia tan abundante y extensa.

Demostró ser una gran persona a lo largo de los años y sembró experiencia para todos los gustos. No se cansaba de contar anécdotas y para él cada día era el último. Así vivía Gustavo, así disfrutaba la vida. Esa existencia era para él lo mejor. Siempre alegre, siempre sonriente con la necesidad de estar bien y hacer sentir dicha a los que estaban a su alrededor. Odiaba la injusticia y, cuando podía, la evitaba con sus propias manos. Algo violento para algunos, pero nunca con un arma. Siempre con sus puños. Sólo eso.

Era placentero intercambiar palabras con el gringo. Amaba el rock de los 80 y fustigaba con odio a la pachanga. Alimentaba su ego contando peleas con los eternos rivales de Choele. No podía dejar de discutir de fútbol. Y mucho menos defender a su tan querido River Plate. Se derretía por los dulces y mucho más por los chocolates. Era fanático del asado y las charlas hasta altas horas de la madrugada.

Su sonrisa fresca, brillante y esplendorosa acompañaba un rostro duro, con rebrotes de vida campestre. Cada año vivido en el campo era reflejado con algunas canas que descansaban sobre su mollera.

Todos lo recuerdan en el pueblo. Era el encargado de vender los corderos para Navidad o Año nuevo y en otro momento repartía las garrafas que alimentaban a cualquier cocina chacarera, allí donde el gas natural no llegaba.

Siempre al lado de su padre: Mario. Ese hombre que fue mucho más que su progenitor, fue un amigo.

Cómo olvidarse de ese sentimentalismo con el cual hablaba. Cómo no recordar esos ojos marrones llenos de ilusión y felicidad.

Será imposible olvidarlo. Pasarán los años, los amigos, las historias y todo se irá enterrando en la memoria. Pero Gustavo Vidoni será para siempre el gringo. Ese que cada vez que me veía me decía: “¿Qué hacés pendejo?”.

En el país de los ciegos el tuerto es rey

Por Marcela Flury

“Geppetto” demostró ser un carpintero agudo y sagaz que supo crear a “Pinocho”, una marioneta hecha a su imagen y semejanza, que conquistó nuevos adeptos y fieles.

Tiene una mirada hipnótica, de la que nunca se sabe, exactamente, dónde apunta pero, de la que todos esperamos algo. Prepara el guiño para salir por izquierda y después toma rumbo a la derecha.

Es un gran jugador, explora el terreno, acomoda las piezas, planifica los pasos, abre varios frentes y, como todo estratega, impone las reglas del juego.

Los vientos del sur helaron el debate de ideas y dominaron los índices, encuestas y resultados como parámetros, para que el ex gobernador santacruceño se convierta en un iluminado.

El caudillo de esa provincia se evaporó en un baño “turco” entre negociaciones, repartos y beneficios que compartió con compañeros y rivales por una cuota de poder.

Para entonces, a pesar de su pronunciada nariz, pocos se atrevieron a preguntarse o preguntarle sobre la modificación de la constitución provincial que lo habilitó a ser reelegido nuevamente.

Menos aún, sobre su apoyo a Menem, en la privatización de las empresas del Estado. Entre ellas, Repsol YPF que fue beneficiada por no tener que liquidar en el mercado interno el 70% de las exportaciones.
Ni hablar del dinero con el que financio su campaña electoral como presidente y los cientos de millones de dólares de fondos públicos que fueron destinados a otras entidades financieras en el exterior.

“Pinocho” nos recordó que “el sur también existe”: el cordero patagónico, el glaciar, las ballenas y los pingüinos.

El agua helada congela las ideas y sus declaraciones están llenas de escarcha, como una alfombra que no permite divisar el fondo, donde los derechos humanos del presente se encuentran relegados.

Una luna de miel nos encontró desnudos tras una borrachera adolescente. Entonces, inmaduros, dimos vuelta la casa de pies a cabeza. Las paredes descascaradas fueron recubiertas con enduido, luego, vestidas con una mano de pintura. Entre tímidas reformas, como la renovación de una parte de la corte suprema, los cambios en la cúpula militar, el impulso para declarar la nulidad de las leyes de punto final y obediencia debida, tratadas en el 2002 pero que habían fracasado por falta de quórum, “Pinocho”, ganó legitimidad y conquistó a la clase media que reclamaba por “que se vayan todos”.

Lejos de los reclamos del 19 y 20 de diciembre, la clase media que se estabilizó y reactivo económicamente sede una cuota de confianza, de querer creer y de fe. Por eso no mira la nariz de “Pinocho” como, tampoco, mira los problemas de pobreza, la mala distribución del ingreso que siguen afectando al 50% de la población. No mira, no cuestiona, quizás compara, compara con otras marionetas que han sido más conservadoras, más extremistas, más impiadosas, implacables.

“Pinocho” abrió varios frentes, dividió, fragmentó y ganó el guiño, mientras todos creemos ir por izquierda, el se desvió a la derecha pero todos sus hilos lo mantienen en pie.

Semblanza

Por Guillermina Delupi

No sé por qué razón, una voz en el teléfono o un escrito hacen que nos formemos imágenes, rostros, apariencias. Fundadas, supongo, en los pre-conceptos que la cultura nuestra de cada día nos impone; imágenes que por cierto nada tienen que ver con la persona, y el hecho de que se vuelvan distintos en la realidad, a como uno los había evocado, ha generado desde siempre en mi una especie de frustración, sólo por el simple hecho de volverse distinta a lo que mi mente concebía.

Había fantaseado con un ser de pelo largo, algo desaliñado, de facciones angulosas, y con rastros de pintura en sus manos.

Quizás fue por eso que cuando lo vi por primera vez pensé que se trataba de otra persona.

De estatura mediana, manos pequeñas amplia sonrisa y aspecto prolijo, conocí a Gustavo Ortíz en su casa en La Falda, lugar en el que pasa la mitad del tiempo que no está en San Pablo, donde también tiene sus talleres.

En su casa siempre se respiró un clima artístico, y habría sido ese ambiente el que marcaría su inclinación por el arte.

Su padre -dentista de oficio- anhelaba que Gustavo fuese músico y aún antes del nacimiento de su descendiente, compró un piano de cola que habitó durante largos años la casa. Piano en el que –si vale la anécdota- ensayara Astor Piazolla en su paso por la Falda. Pero el futuro de Ortíz había de ser la pintura.

Este rosarino -cordobés por adopción desde muy pequeño- con movimientos parsimoniosos plasma sobre lienzos sus historias vividas. Y lo hace con majestuosa pasión.

Sus padres ponían a su alcance cuanto libro hubiera dando vueltas. Así, a corta edad ya tenía frente a él El Quijote, libro que mas tarde retratara en una de sus series: "Los Quijotes"; o la imagen de "La casa del ahorcado" de Paul Cezanne, pintura que lo impactaba de niño "aunque en ella no hubiera ningún ahorcado". Mas tarde el impacto que le causara en su niñez seguiría intacto, aunque ahora sí, por la belleza de la obra en sí, pese al ahorcado del relato de su padre.

Aunque no toca ningún instrumento, siente una atracción especial por la música, principalmente por la orquesta sinfónica "es mágico cómo la cantidad y diversidad de instrumentos pueden lograr algo tan armonioso". Y aprovecha cuanta oportunidad encuentra para ver los ensayos de orquesta, que "es donde se puede apreciar verdaderamente la magnificencia de la música".

La serie "Los Músicos" se inspira en su atractivo hacia la música, y sus pinturas portuarias nacen en su paso por los puertos de Barcelona y Río de Janeiro.

Admirador de Van Gogh y Toulouse-Lautrec ha realizado una Serie Homenaje dedicada a éstos dos grandes de la pintura.

La delimitación de las siluetas a través del color más que de la línea son una característica en los cuadros de este pintor de apariencia calma.
Cada vez que termina una obra, saca de su escritorio un cigarro negro y se sirve una medida de whisky. Contempla su obra durante largo rato antes de darle, él mismo, su aprobación final.

De conversación amena y agradable, el artista agradece poder vivir de lo que más ama: la pintura.

El hijo de los bosques

Por Verónica Guevara

Año 1944, mientras Anna Frank es conducida al campo de concentración nazi en Auschwitz, en una misión aérea muere Antoine de Saint Exupery, el creador de El Principito, y en Argentina el terremoto de San Juan se lleva la vida de más de dos mil personas… en otro rincón de la tierra el Amazonas estaba por parir a su hijo más amado: Francisco Alves Méndez Filho.

Chico Méndez nació en las proximidades de la ciudad de Xapuri en el estado de Acre, en el oeste de Brasil. Hijo de una familia de extractores de caucho, se formó en una cultura de respeto a la naturaleza. De niño ayudaba a su padre en la obtención de caucho en la selva tropical de la cuenca amazónica, y no pudo ir a la escuela.

Se interesó no sólo por la agricultura, sino también por la suerte de los caucheros, estafados hasta el hartazgo por comerciantes que se aprovechaban de su ignorancia.

Siendo adolescente, entró en contacto con miembros del Partido Comunista, quienes lo alfabetizaron, y a los 24 años comenzó a criticar abiertamente el sistema comercial vigente.

En la década de 1970 el gobierno brasileño inició la construcción de carreteras en la selva tropical amazónica. Esto atrajo al sector ganadero, que comenzó la tala del bosque para crear zonas de pasto destruyendo los árboles de caucho. Faltos de organización, los caucheros no pudieron evitar el desastre.

En 1977 Méndez participa en la creación del Sindicato de Trabajadores de Xapuri, del que más tarde fue presidente. Allí se dictaban clases de educación básica y se estableció el Projeto Seringueiro, un programa que alentaba a conocer y defender el bosque tropical. Se crearon cooperativas que redujeron la influencia de los comerciantes permitiendo la venta del producto a precios más elevados.

A pesar de los derechos adquiridos, la comunidad continuaba bajo la amenaza de explotación de grandes multinacionales, como Firestone y Peugeot, y frente a ellas Chico, pacifista, inmutable, realizaba sus empates. El empate era una forma de protesta no violenta en la que
los caucheros formaban barreras humanas para impedir el acceso de los taladores a los bosques. Entre 1976 y 1988 más de cuarenta empates salvaron a 1,2 millones de hectáreas.

Un año antes de su muerte convenció al Banco Interamericano de Desarrollo y al Comité de Consignación del Senado de Estados Unidos de no financiar proyectos en el bosque tropical amazónico sin garantizar el respeto al medio amiente y a las comunidades indígenas.


Era blanco de continuas amenazas, a las que respondía: "Si un mensajero del cielo bajara y me garantizara que con mi muerte se fortalecería la causa, merecería la pena. Pero la experiencia nos demuestra lo contrario. No es con grandes funerales y con mociones de apoyo como vamos a salvar el Amazonas. Yo quiero vivir".

Cuando Alves da Silva compró la hacienda en la que Chico había trabajado e intentaron expulsarlo, un nuevo empate logró que el gobierno declarara al terreno reserva extractora. Esa fue su sentencia de muerte.

El 22 de diciembre de 1988, Chico Méndez fue asesinado en la puerta de su casa tras recibir 21 impactos de bala. Estaba casado y tenía dos hijos. Alves y su hijo Darci fueron acusados del crimen y condenados a 19 años de prisión.

Hoy varios espacios naturales de Brasil llevan su nombre y su casa de Xapuri ha sido transformada en museo. Su vida inspiró la canción “Cuando los ángeles lloran” del grupo mexicano Maná, la película de John Frankenheimer “The burning season”, y el premio “Chico Méndez”, que entrega la Organización Sierra Club a individuos u organizaciones no gubernamentales que luchen por la protección del medio ambiente.

"Al principio creí que luchaba para salvar los árboles del caucho. Mas tarde pensé que lo hacia para salvar la selva amazónica. Ahora sé que estoy luchando para salvar a la humanidad..."

Marina Nill, escritora

Por Nady Rivas

El reencuentro con mi amiga se produjo por esas providencias de Internet, después de años sin contacto. De a poco nos pusimos al tanto de nuestras vidas y así recibo la maravillosa noticia: la publicación del primer libro: “Llamaradas de Recuerdos, ella sueña cosas que no vivió”.

A los 30 años, Marina Nill concreta su más anhelado sueño: escritora, materializado en el arduo trabajo de redacción, correcciones y cursos que moldearon la historia. Oriunda de Resistencia, no alcanza el metro setenta, su cuerpo es armónico, delgado, cabello castaño oscuro que rozan sus hombros, ojos marrones lucen sobre la piel blanca; aunque descendientes de alemanes, no es la popular rubia de ojos azules.


Nos conocimos en el ‘92 en la carrera de comunicación social, en el transcurso de los meses iniciales y entre animadas charlas durante las horas de recreo, fuimos sentando las bases de la amistad.

La primera vez que visité su casa –diseñada por su padre arquitecto-, me impactó un cartel grabado en madera con la leyenda “Marina Nill escritora”, adherido a la puerta de su habitación, (las alcobas están distribuidas a la izquierda de un pasillo). Recuerdo haber observado con honda admiración aquella sentencia –ya sabía de sus profundos deseos de escribir, soñaba con editar un primer libro y otros más. La máquina de escribir corría con la presión que ejercían los ágiles dedos que se movían a la velocidad de sus ideas, es que en aquellos años, recién se abrían academias de computación con el viejo sistema MSDOS y pocos podían adquirir una PC para uso doméstico.

Cinco años después nos reunimos en varias ocasiones y soy testigo de las presentaciones del libro y difusión en los medios locales. En la última visita, mientras charlamos, cruza sus piernas, mueve delicadamente sus finas manos que terminan en uñas que se rehúsan a lucirse más allá de los límites de los dedos. A su izquierda queda el monitor titilando sobre un escritorio que alberga libros, papeles, carpetas de recortes periodísticos. Al rato, me muestra una carpeta que documenta el proceso de más de 10 años de trabajo de su libro originariamente llamado “Lucretia”. Rememoramos aquellas primeras copias de producción artesanal: original mecanografiado, fotocopias encuadernadas, tapa y contratapa diseñada por sus propias manos. Las limitadas ediciones iniciales distribuidas a un módico costo entre compañeros de carrera, amigos y familiares.

“Llamaradas de Recuerdos” es el producto final de correcciones y arreglos a la historia original de “Lucretia”. El libro aparece en una librería pero el mérito de la existencia le corresponde a Marina y su infranqueable actitud que la mantuvo por más de un año en los pasillos de la Universidad Nacional del Nordeste -en cuyo taller se imprimieron los ejemplares- y ante personas que aportaron para la edición.

De alguna manera, la historia y principalmente, Julia -la madre de la niña protagonista-, imprimen sentido al crecimiento espiritual de Marina y así lo manifiesta en el prefacio “Fui una más del montón durante veinticinco años, supongo que porque, hasta entonces, jamás había tenido necesidad de buscar otras respuestas (…) Terminé encontrando un Universo Superior; tan superior, que apenas llego a rozarlo con la punta de los dedos”.

Vida de mujer

Por Barbara Limoncelli

Modosa, dulce y bien portada de niña, nada hacia presagiar la rebeldía tardía que se estaba gestando en su interior. Su madre sintió los primeros dolores de parto mientras asistía a un juego de béisbol, quizá por eso, el calor de las multitudes fue su destino. Pero si es real que el destino esta marcado, más importante aun fue la estatua del dictador Anastasio Somoza Garcia, que se alzaba en el centro de Managua, donde el automóvil que llevaba a su madre camino al hospital, se detuvo unos segundos. Como escribiría ella misma años después "quien sabe que señales se transmitirían en el líquido amniótico, pero en vez de terminar con un bate en la mano, termine esgrimiendo todas las armas a mi disposición(...) para participar en la lucha de mi país por librarse de una de las dictaduras mas largas del continente americano". La llamaron, Gioconda Belli.

"Dos cosas que yo no decidí, decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo". Así comienza su anteúltimo libro, una autobiografía titulada "El país bajo mi piel".

Nacida en Nicaragua en 1948, en el seno de una familia privilegiada de Managua, fue educada para brillar en sociedad y asumir sus roles de esposa y madre. Nadie imaginaba que Gioconda pasaría por este mundo, sin ser inadvertida. Poeta en primera instancia y novelista luego, es una de las voces más representativas de la literatura centroamericana. Ganadora de muchos premios, que incluyen el Casa de las América otorgado por Cuba en 1978, tiene mas de 20 libros en su haber. Revolución, sexo, amor y maternidad son los pilares de su escritura y los conjuga a la perfección. Belli exuda por todos sus poros, poesía vital, viva, carnal. Con un lenguaje claro y simple, logra transmitir sensaciones y emociones a la perfección. Conoce a las mujeres con una claridad maravillosa y les ha dado un lugar privilegiado en todos sus relatos.

Madre y revolucionaria, Gioconda siempre expone lo difícil que ha sido conciliar sus dos vidas, sus hazañas heroicas las hizo al mismo tiempo que hervía mamaderas. Pero finalmente ha logrado que ambas vidas coexistan bajo una misma piel.

Se casó virgen a los 18 años, con un muchacho de su mismo círculo, algo que su madre siempre creyó requisito imprescindible para un buen matrimonio. Tuvo su primera hija a la que bautizo Maryam y a los 21 años, mientras su matrimonio se desmoronaba, se enamoro de un poeta, quien la introdujo en la romántica historia de Sandino. Esto marco su vida, como así también su actitud de querer revertir la miseria y violencia que acechaba a su país. Dejo al poeta y retorno a su vida de casada, en la cual había vivido como zombi mientras duro su romance.
Se unió a las líneas del Frente Sandinista. Su marido nunca se dio cuenta de sus actividades clandestinas. Lucho. Empuño armas bajo la estricta convicción que a Nicaragua no le quedaba otra salida que la lucha armada y la revolución. Conoció a Fidel. Se exilio en México. Fue condenada por revolucionaria. Fue perseguida. Vio morir muchos amigos. Se enamoro y vivió apasionadamente.

A pesar que su matrimonio seguía a marcha forzada, quedo embarazada de su segunda hija y en 1973 nació Melissa. Pero un año después, el malabarismo de mantener un matrimonio ya terminado, llego a su fin. El 19 de julio de 1979 las fuerzas sandinistas entran victoriosas a Managua luego de más de 40 años de dictadura.

Mientras su pueblo escribía en las paredes yankee go home, Gioconda se enamora de un yanki periodista y pese a los intentos de convencer a su corazón que no era adecuado, se casa por segunda vez.

En 1994 luego de haber militado mas de 20 años en el Frente Sandinista, decide renunciar por no estar de acuerdo en el manejo de la cúpula del partido. Actualmente esta comprometida con las próximas elecciones presidenciales en su país, en las líneas de Herty Lewites, opositor a Daniel Ortega, líder del partido al que Gioconda defendió durante muchos años con tanto empeño. "Uno no escoge el país donde nace; pero ama el país donde ha nacido"

El día que me quieras

Por Kary López

Dicen que Carlos Gardel, nacido Charles Romuald Gardés el 11 de diciembre de 1890, pasó su infancia y adolescencia en el barrio del Mercado de Abasto, donde lo apodaron, primero, "El francesito" y, luego, "El Morocho del Abasto". Allí se refugió Berta con su hijo Carlitos, de dos años, cuando llegó a Buenos Aires en 1893 huyendo del oprobio de ser madre soltera. Primero vivieron en una piecita de conventillo en Uruguay 162. "Si habré hecho macanas cuando vivía en esa casa, pobres vecinos", solía decir Gardel. Entonces, nadie soñaba con patios de comidas, multicines o locales vidriados. El Abasto era un antro de calles de tierra, fondas, tugurios de juego y comités políticos.

El zorzal criollo empezó a cantar a los 17 años y pronto se convirtió en cantor habitual de reuniones y cafés. En 1911, con casi 21 años, conoció al uruguayo José Razzano, con quien formó un dúo de canciones criollas, conocido como "El Morocho y el Oriental". Fue el primer cantor oficial de tangos, al estrenar el tango-canción "Mi noche triste" ya que, hasta entonces, el tango era sólo música sin letra. Ese mismo año filmó y estrenó su primera película, "Flor de durazno". Con el tiempo el dúo se separó amistosamente y Gardel inició los primeros viajes al exterior; popular ya en toda Hispanoamérica llevó el tango por Europa, haciéndolo conocer en España y Francia, alcanzando en 1927 su consagración. Luego llegarían los Estados Unidos y el cine en los estudios de la Paramount de Nueva York, donde filmaría varias películas.

Ya famoso, Gardel cenaba pucheros en El Tropezón; después los bajaba haciendo gimnasia en la Asociación Cristiana de Jóvenes y tenía su mesa en el Café Tortoni. Pero recién en 1927 compró una casa, en Jean Jaures 735. Diez años antes había sido un prostíbulo, como tantas otras casas del Abasto. Ahora, es su museo.

Su última actuación sería el 23 de junio de 1935, en el teatro Odeón de Bogotá. Un día después un desastre aéreo en Medellín, Colombia, terminaría con el auge de su carrera y de su fama. Y como en sus restos se detectó una bala, durante mucho tiempo se especuló con que un incidente en el interior de la aeronave había provocado el accidente. Sin embargo, Gardel había convivido con esa partícula de plomo alojada en su pecho, desde que en una noche en el Palais de Glace (lujoso cabaret de Buenos Aires, que más tarde albergó a Radio Belgrano y Canal 7, y finalmente se convirtió en un centro de exposiciones) se interpuso para evitar que un amigo fuese acribillado, con la suficiente fortuna para quedar solamente herido. La vida era tango también.

Los restos de Gardel llegaron a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936 y fueron velados en el Luna Park. Hoy el Zorzal descansa en la Chacarita, donde admiradores de todo el mundo lo visitan y lo mantienen vivo.


Todo aquel que oyó hablar de tango, lo encontró pegado al nombre de Carlos Gardel, un mito de que atravesó vigorosamente todo el siglo. Setenta años se cumplen de la trágica muerte del zorzal criollo y los rincones de la ciudad en los que Gardel dejó huellas, convidan al tango, esa melancolía tan nuestra. Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá mas penas, ni olvidos…

Una segunda oportunidad

Por Guadalupe Gómez

“Con el oído musical y la voz se nace”, explica Donna Caroll acerca de sus condiciones musicales. Impecable, muy maquillada y cuidadosa en sus ademanes esta artista, con más de cuatro décadas como cantante, parece ser parte de una constante puesta en escena.

Cuando era pequeña, en su casa la música estaba prohibida. Por eso, nadie comprende de quién heredó el talento que ya a los cuatro años le permitió brindar su primer concierto de piano en el internado donde vivía porque sus padres se habían separado.

Si bien, su adolescencia y juventud estuvieron signadas por la rigidez y la severidad de una educación árabe-siria que la condenaba a la frustración, el destino quiso que tuviese su revancha. A pesar del fuerte impacto que significó en su vida el paso por el internado, la familia que lo manejaba le abrió el camino de las melodías. “Todas las noches nos hacían escuchar música clásica y me enseñaron a tocar el piano”, recuerda. Ya casada y con hijos, el nuevo marido de su madre también ejerció una importante influencia sobre su definición musical: gracias a él descubrió el jazz y se presentó a su primer audición.

A los ocho años, su profesora de piano le sugirió que tomara clases con Hansel Brandenburg, un reconocido maestro de la Argentina. Entonces, un poco conmovido por aquellas palabras y otro tanto en contra de sus propias convicciones, su padre aceptó. Con él permaneció hasta los once años, cuando Brandenburg recomendó que la enviaran a París para estudiar con Antoine Alderinlonge -uno de los mejores profesores de piano en el mundo- pero su papá se opuso. “No sólo me prohibió seguir concurriendo a las clases sino que me vendió el piano. Fue como si me hubiese cortado las manos. Pero no lo hacía de malo, estaba convencido de que era por mi bien”. El sueño de su padre era verla convertida en una ama de casa y señora de un poderoso marido, tal como dictaban sus ancestros. Y así fue. Todavía era una adolescente de 17 años cuando le presentó al hombre con quien se casaría -cuyo nombre mantiene en el anonimato-. Ese matrimonio, previamente convenido, sólo duró hasta 1966. Ese año se separaron.

Una vez casada, Donna se trasladó a Miami, donde su marido era presidente de su propia compañía de aviación. Allí permanecieron hasta que, a principio de los ‘60, la empresa quebró y debieron regresar a la Argentina, ahora, además, con dos hijos. Hasta entonces, nunca había trabajado pero en 1963 la necesidad de salvar a su familia de la quiebra económica se lo impuso.

Impulsada por el esposo de su madre, el 15 de noviembre se presentó a una audición en la que fue elegida para participar en Show Noventa, un programa que estaba por salir al aire en Canal 11, y no se detuvo más. Hoy, por ejemplo, es invitada todos los años en dos programas de TV en Nueva York. Además, ha realizado giras nacionales e internacionales por Latinoamérica, Europa, Estados Unidos y África. Su fuerte siempre fueron el jazz y el bossa nova, aunque también grabó, por ejemplo, temas folklóricos y de rock.

Donna domina el inglés: habla, escribe, traduce y canta. Su manejo del lenguaje le permitió, entre otras cosas, convertir a ese idioma las letras de algunos tangos tradicionales como El día que me quieras y Nostalgias, entre otros. Según explica, “no son traducciones literales sino versiones basadas en la idea que los compositores quisieron transmitir”.

Este proyecto, que se concretó en 1998, no sólo la contactó con autores argentinos clásicos sino que le abrió el espectro laboral. A partir de abril del año siguiente, fue contratada por la cadena de cruceros Royal Caribbean Celebrity para ser el show principal. Así, que duró hasta septiembre de 2001, recorrió el Mediterráneo, el Caribe, las costas africanas y Chile.

Hoy, está casada desde 1969 con Oscar López Ruiz, con quien además de compartir el escenario y los aplausos administra su propio negocio inmobiliario.

Ernesto Sabato, el hombre

Por María Lilia Santiá

Los valores humanos, sus emociones, sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte, son hasta hoy, los que lo mueven a actuar.


Ernesto Sábato, nació un 24 de junio de 1911, en Rojas provincia de Buenos Aires. Este hombre de bigote, cabellos canos y anteojos, recuerda que en esa, la tierra de su niñez, todavía se conservaban valores, que hoy están casi olvidados, como la honestidad, el honor el respeto por los demás.

Hizo su doctorado en física y cursos de filosofía en la Universidad de La Plata.Lugar donde se conoció con Matilde, su esposa. Matilde Kusminsky Richter.

Cuando enseñaba Teoría Cuántica y Relatividad en la Universidad de La Plata, tuvo como alumnos a Balzeiro, que dio nombre al centro atómico de Bariloche y también a Mario Bunge.

En 1938 fue enviado a Francia, donde trabajó en el Laboratorio Curie como becario.

En las noches se juntaba con poetas y pintores surrealistas. Allí tomo contacto con el mundo del arte.

Así en 1945 deja la ciencia para dedicarse a la literatura.

Recuerda que entonces, se fue a vivir con su mujer y su hijo Jorge Federico, a las Sierras de Córdoba, conoció entonces a un médico que visitaba unos parientes y que era nada menos que el Che Guevara.

Escribió varios libros de ensayo: Uno y el universo, Hombres y engranajes, El escritor y sus fantasmas, Apologías y rechazos.También tres novelas: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddon el exterminador.Sus memorias en Antes del fin y por último, La resistencia.

En 1983 fue elegido presidente de la Comisión Nacional que investigó las violaciones de los derechos humanos, CONADEP, por parte del régimen militar que gobernó el país de 1976 a 1983, de la que surgió el libro Nunca Más, conocido también como el Informe Sábato.

En 1984 obtuvo el Premio Cervantes y en 1989 el Premio Jerusalem.

Opina que la televisión es el opio del pueblo, modificando la frase de Marx. Realmente lo cree. Uno, sostiene, va quedando aletargado delante de la pantalla y aunque no encuentre nada de lo que busca, lo mismo se queda ahí, incapaz de levantarse y hacer algo bueno. El estar monótonamente sentado frente a la televisión , anestesia la sensibilidad, hace lerda la mente, perjudica el alma.

Sobre la infancia actual, piensa que los niños idiotizados por la televisión, ya no juegan en los parques.

Considera que el mundo de la técnica y la informática, es solo accesible para algunos pocos, quedando entonces, el resto irremediablemente excluído. Así la educación se convierte casi en un privilegio.

Fue golpeado duramente por la muerte de su hijo Jorge.Quedó abatido por una tremenda tristeza. Pero en esos momentos, sentía el sostén de Elvira. Elvira González Fraga, lo cuida acompaña y apoya por la vida, convirtiéndose en una de las personas más queridas para él .Ella también acompañó a Matilde durante su larga enfermedad, hasta su muerte.
Con su vista deteriorada que le impide leer y escribir, se volcó a otra pasión, la pintura .Cree que el arte lo salvó de la locura.

Piensa que el hombre, es capaz de las peores atrocidades, pero también de los más grandes y puros heroísmos.

Acostumbra a celebrar su cumpleaños donde vive, en Santos Lugares, en una casa con plantas. En cada ocasión su festejo lo comparte con gente querida donde infaltablemente, se sirve chocolate caliente.

Juan Carlos Canteri

Por María Emilia Schmuck

Una fotografía en blanco y negro, guardada como recuerdo de un viaje muy pasado, muestra a Juan Carlos Canteri tal como era en su juventud.

Hace al menos 40 años, el hombre posaba risueño junto a sus amigos en una poblada playa de la ciudad de Mar del Plata, destino inevitable de todos los veranos de su vida. De estatura normal, muslos desarrollados gracias a la práctica de fútbol y brazos anchos y fibrosos, Juan Carlos, a quienes sus amigos aún hoy llaman “cabezón”- por el tamaño de su cabeza, claro está- parece estar feliz. Es notoria, debido a que en la foto aparece con el torno desnudo, la ausencia del músculo pectoral en su pecho derecho, malformación congénita con la que pareció lograr lidiar sin ningún problema.

De chico, a pesar de las lógicas burlas de sus compañeros en la escuela y el club, nunca pareció sentirse afectado por aquello y actualmente, cuando sus nietos parecen intrigados por la singularidad de su pecho, les hace creer que es producto de una lucha con un animal salvaje.

Nacido en la ciudad de Santa Fe en 1931, vivió su infancia junto a sus padres y hermanos en el barrio sur de la ciudad, zona de la que nunca llegó a desencariñarse y lugar en el que reside su actual hogar. Su padre “Don Ramón”, un hombre muy recto y severo, llegó a influir notablemente en su personalidad; de él supo copiar la honestidad, tenacidad y en muchos casos también la testarudez. Sus dos hermanos mayores fueron cómplices de muchas de sus tardes en el “Quilla”, tradicional club de la ciudad que ha sido escenario de numerosas infancias santafecinas. Su pasión por el fútbol adornó cada una de sus jóvenes tardes, y su paso privilegiado por el club de sus amores, Unión de Santa Fe, es una de las experiencias de su vida que relata con más entusiasmo, sobretodo a sus nietos unionistas.

Su infancia transcurrió entre las canchas de fútbol, las aulas de la Escuela Nacional, el ya mencionado club “Quilla” y su humilde casa en el barrio sur de la ciudad. Los únicos problemas que afectaban a su familia eran de tinte económico, pero tanto su madre, “Doña Gloria”, como su padre, trabajaron hasta el cansancio para que nunca le faltara nada.

A los tempranos 14 años conoció a la única mujer de su vida. Vilma Corte, su novia de la adolescencia, esposa de la juventud, madre de sus hijas y actual compañera de la vejez, creció a su par. Profundos son los sentimientos que unen al “cabezón” con su actual esposa, quien, supliendo la constante neutralidad de Juan Carlos y su incapacidad de enojarse o embroncarse en situaciones difíciles con un carácter fuerte y una personalidad decisiva, siempre pareció tomar las decisiones en la pareja.

Con ella soñó, desde el primer momento en el que se conocieron, formar una familia, y así sucedió. Siguiendo al pie de la letra las convenciones católicas que ambos respetan con mucha fe y compromiso, se casaron en 1957 y tuvieron 6 hijas. Si, 6, y todas mujeres.

Cuentan sus amigos que lo primero que hizo al enterarse por primera vez que iba a ser papá fue comprar una pelota de Unión para su futuro hijo. Al nacer las mellizas, sus dos primeras hijas, la guardó esperando poder regalársela a su primogénito que ya habría de venir...

Pasó mucho tiempo hasta que puedo hacer uso de aquella pelota: los 5 primeros seres que sus hijas trajeron a este mundo, fueron todos de sexo femenino. Hoy, Juan Carlos tiene 1 bisnieta y 17 nietos, de los cuales, para alegría de este pobre futbolista, 10 son varones y, siempre que los ya cansados meniscos lo permiten, juegan con su abuelo a la pelota.

Pero este personaje no sólo se destacó en el fútbol, su notable inteligencia y dedicación aplicadas al estudio de Derecho, junto con su constante y estricto respeto por los valores de honestidad, responsabilidad y tolerancia que lo guiaron a lo largo de toda su carrera, lo convirtieron en un abogado ejemplar que debió alejarse de las canchas.

Tal era la transparencia de sus actos y el compromiso que lo ligaba a los casos que atendía que, por defender su honestidad hasta las últimas consecuencias, y luego de sufrir por ello numerosos conflictos con colegas, decidió apartarse de su entorno laboral y dirigirse hacia la ciudad de Buenos Aires.

Sólo en la enorme ciudad, sin nada que perder y con muchas intenciones de salir adelante, extrañó desesperadamente a su familia, que lo supo esperar todos los fines de semana- y lo siguió esperando hasta hace 5 años atrás- en su ciudad natal.

Luego de trabajar en la resolución de casos particulares por casi dos décadas, decidió dedicarse a la función pública y trabajó en la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, el Ministerio de Justicia y, finalmente y por 5 años, en la Defensoría del Pueblo como Defensor Adjunto.

En el año 2000, ya bordeando sus 70 años, Juan Carlos decidió abandonar su departamento de Buenos Aires y los agotadores viajes semanales junto a su puesto en la Defensoría del Pueblo para disfrutar de sus últimos días junto a su mujer, sus hijas y numerosos nietos en su Santa Fe querida.

Hoy sigue siendo el mismo hombre de mediana estatura y cuerpo musculoso, cabeza grande y mirada feliz. Tal vez su pelo, que en aquellos lejanos años resplandecía por su intenso color rubio y ahora es blanco y escaso, ya no luzca como antes. Sus ojos, de ese color miel que suele convertirse en verde, ya no brillan con tanta fuerza y entusiasmo, en cambio transmiten paz y serenidad. Su boca, heredada por muchos de sus descendientes, presenta labios finos y de color intenso que tal vez ya no dejan ver esa hermosa y sana dentadura que tanto lo caracterizaba. Sus piernas tampoco tienen la fuerza de antes, y al fútbol lo prefiere por televisión o radio.

Tampoco está pasando por momentos de extrema lucidez, a partir del año en el que dejó su trabajo en la ciudad capital, la practicidad que lo caracterizaba al realizar muchas de sus actividades se desdibujó rápidamente y los olvidos que ya lo definían en su juventud se acentuaron notablemente.

Pero su honestidad, sabiduría y respeto por las personas que lo rodean, lo sigue marcando y lo marcará hasta el día de su muerte que, esperemos, sea muy lejano.

Destinado a escribir

Por María Susana Álvarez

Uno de sus mayores aciertos para gloria de la Literatura Argentina es haber nacido. 1899 fue el año; Buenos Aires, el lugar. Su figura corva, sostenida por un bastón, recorría paso a paso los suburbios de Buenos Aires, la Biblioteca Nacional, algunos de cuyos libros reconocía por el olor...

De Jorge Luis Borges escribo. Una construcción llevada a la temática, entre otras, identificó su escritura: "el laberinto" leamos pues algún fragmento que nos indican esta presencia:

"...He olvidado los hombres que antes fui; sigo el camino de monótonas paredes que es mi destino. Rectas galerías que se curvan en círculos secretos al cabo de los años. Parapetos que ha agraciado la usura de los días (de Elogio de la Sombra, 1969)

¡Cuánto ingenio, cuántas horas de lectura y reelectura y dictado de textos, que de su imaginación nacían, exigidos a su madre, Leonor Acevedo, a sus amigos, al algún colaborador para que transformaran en leíbles las mágicas metáforas , imágenes, temas...que lentamente iba construyendo pero, que su ceguera le impedía, llevarlos por sí sólo al papel.

Sus amigos entrañables: Bioy Casares, Silvina Ocampo, esposa de éste, María Esther Vázquez, a quien dedicara su Poema De Los Dones ¿recuerdan? el que comienza con estos versos:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche

De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

( Ed. EMECÉ Buenos Aires, 1960)

Compañeros de ocio y de trabajo fueron, entre otros, los nombrados.
Con el primero compartió la creación literaria, bajo el seudónimo de Bustos Domeq en "Seis problemas para don Isidoro Parodi.

Pero no todo fue trabajo con ellos: viajes, reuniones, comidas cotidianas, nos hablan de una profunda amistad, tal vez nacida desde ese lugar privilegiado: el amor al arte.

Epifanía, más conocida por Fanny, su doméstica de largos 40 años, durante los cuales se fue gestando entre ellos un código de complicidades, se ocupó de todo lo que necesitaba. Vivió en su casa hasta que un deleznable episodio, planeado vaya a saber por quién, del cual me enteré por el relato que de él hace una de sus amigas, fue expulsada del hogar que había ayudado a crear junto a la madre del poeta. Eran trágicos momentos, Borges esperaba la muerte en la lejana Ginebra. Mucho se ha escrito también sobre este macabro traslado.

Sólo alcanzó a decirle, en su de breve despedida a su siempre amado Bioy Casares: cualquier: lugar es bueno para morir. ¿En que doloroso rincón del corazón del escritor quedaban aquellos versos de su poema La Recoleta que dicen:

"Estas cosas pensé en la Recoleta
en el lugar de mis cenizas".

¿Mientras era trasladado, los seguiría recordando aunque con resignación?

Un admirado escritor argentino, que con su estilo revolucionó el hacer novelístico: Julio Cortázar, cierto día le envió un ejemplar de un maravilloso cuento "Casa Tomada", a fin de que Borges le diera su opinión. Tiempo después , contó Borges, recibí la visita de un tímido y creo que alto muchacho, no sé bien, ustedes comprenderán, la ceguera es cómplice del olvido, para preguntarme que opinaba de su escrito. Como respuesta recibió: "su relato no sólo es genial sino que en breve saldrá publicado."

Eterno postulado al premio Nobel, nunca se lo entregaron.

Dejemos por unos párrafos al Borges escritor.

Su indignante y caótico opinar sobre cuestiones dolorosas: "el gran error de EEUU, fue abolir la esclavitud,", "la dictadura es un gobierno de caballeros", "el voto debe ser selecto como única opción para una democracia inteligente", En fin, tenía debilidad por decir y adherir a barbaridades, imposible de no ser condenadas por el sentido común de cualquier humano.

Muchas veces se arrepintió de sus dichos ante sus amigos, como cuando horrorizado descubrió y se lamentó del dolor de Las Madres de la Plaza de Mayo. Pero, en fin, políticamente fue incorrecto.

Pero, al decir de muchos, estas opiniones no eran sino una tomada de pelo para quienes, lo consideraban un sabio capaz de opinar sobre cualquier tema.

No obstante, cualquiera hubiera sido su intención pasan la línea de lo inhumano. Su silencio, hubiese sido más productivo, sobre todo para un hombre, que escribiendo fue genial y viviendo el compromiso que el mundo exigía, un desastre.

Cuenta una historia que hace mucho leí, que una tarde de febrero, Astor Piazzola y Jorge Luis Borges, se encontraron en la confitería Saint James. Piazzola concebía, desde hacía tiempo, poner música a algún poema de Borges. Éste se entusiasmó ante la idea y humildemente le preguntó al músico: "¿Me puede decir cómo tengo que hacer?"

-Usted es Borges. Escriba. Yo le pongo música, fue la respuesta.

Al día siguiente, Borges llamó a Piazzola y le anunció: ya tengo la primera letra: "la pensé mientras caminaba por el barrio de San Telmo". Era la milonga "Jacinto Chiclana". Luego le fueron sucediendo otras: "Don Nicanor Paredes", "El Títere"...Seleccionada una lista, se edita un disco que termina con las palabras de esa "Oda íntima a Buenos Aires" y que comienza así:

"Los mayores hicieron la ciudad;
la hicieron con la cruz y la espada"

Ante estos versos vaya mi interrogación : Borges, ¿por qué no escribiste siempre tu pensar y sentir y guardaste tu hablar? ¿A quién querías desafiar con esa actitud?

Semblanza de mi abuela

Por Itzela Sosa

El nombre de mi abuela era muy largo: Lorenza Dominga Durán Rodríguez. Nació a mitad de la nostalgia en 1907 en San Francisco Tlapancingo, en la sierra mixteca de oaxaca un domingo 10 de agosto de aquél año prerevolucionario. Nació morocha y feliz. La revolución marcó su infancia. Fue la mayor de 9 hermanos de los que sólo sobrevivieron a la infancia 6. Las visitas dominicales a la iglesia del pueblo la acompañaron toda su vida, desde el principio al igual que sus dos interminables trenzas negras al costado de los hombros. Estudio hasta tercero de primaria y aprendió el orden y el sonido de las letras. Sabía leer como quien canta. Creció con el olor del fogón y el pan que leudaban en la panadería del pueblo, el antiguo negocio familiar.

Se casó por primera vez con un hombre celoso de su misma edad. Poco tiempo después el azar la dejó viuda. Se casó una vez más con un político Oaxaqueño que le doblaba la edad. Tuvo su primer hijo a los 31 años en Oaxaca. Poco tiempo después migró a la ciudad de México donde trabajó como doméstica muchos años. Enviudó una vez más y con su hijo Moisés migró hacia el estado de Morelos. Su tierra fue con ella a todas partes. Con ella migró una buena parte de su familia. Vendió de todo, como ambulante y en lo que después sería su tienda de abarrotes cerca del mercado. Nunca olvidó el alma y los sabores de su pueblo. La preparación de mole se convirtió en su vida y en su familia en un ritual de paso. Sirvió de intermediaria y de hospedaje para los braseros migrantes de su pueblo. Pasados los 40 años conocería a su tercer y último marido un ex revolucionario de las filas de Zapata. Se unieron cuando ella pasaba los 40 años de edad y él los 70. Caminaban por la calle de la mano. A los 45 años la virgen de Guadalupe –decía ella- le permitió ser madre una vez más de su segunda hija.

Trabajó de comerciante el resto de su vida. Las lunas de sus manos nunca se durmieron. La nostalgia de su tierra sonaba repetidamente en la canción mixteca que una y otra vez vocalizaba pensando en aquellos árboles que hacía muchos años había sembrado a la entrada de su pueblo. Con los años los rasgos indios y andaluces se fundieron. 8 nietos después, llegados los 85 años, decidió que era tiempo de marcharse. Se despidió de todos con una lucidez impresionante. Dos semanas después de haber empezado a despedirse, se marchó un 29 de agosto de 1992. Lo que ella era gritaba tan fuerte, que se hacía difícil escuchar lo que decía.

lunes, junio 27, 2005

Autobiografía no autorizada

Por Alejo Miranda
Rosario, Santa Fe, Argentina
alejo21m@ciudad.com.ar

Una vez, de chico, pensé en escribir un libro sobre mi vida. Claro, acababa de terminar de leer David Copperfield creyendo que era la autobiografía de Dickens, y creí ser capaz de hacer algo parecido. Deseché rápidamente la idea al comprobar que en realidad no había mucho interesante sobre qué escribir. De todas formas, por atrayente que pudiera haber sido mi vida, dudo que me hubiese animado. Me resulta incómodo hablar de mí. Detesto escribir en primera persona. Será porque soy una persona modesta. "La más modesta del mundo", suelo decir.

Lo más trascendente es lo que no hice. Además de no escribir aquél libro, no aprendí a tocar la guitarra, no fui a probarme en Central, nunca jugué al básquet, no llegué a jugar en la primera del club (rugby, en el Jockey de acá de Rosario), no estudié cine ni tampoco escribí una línea del guión cuya idea tengo en la cabeza hace años, no terminé Rayuela, siempre que digo "hoy cocino algo rico" termino haciéndome una hamburguesa.

Entre las cosas que sí plasmé: leer todas las novelas de Borges, mirar mucho cine, escuchar bastante música. Y soy un eximio conocedor de todos los deportes. Desde fútbol hasta béisbol, pasando por rugby, tenis, golf, etc. Espero que algún día sirva para algo.

Creo que quiero ser periodista. Gráfico. No sé por qué. Tampoco nunca hice demasiado para serlo. Siempre fui bueno para Matemática o Contabilidad, pero prefería Historia y esas cosas. Me interesan más las cuestiones reales. Desglosar la realidad, analizarla, transmitirla. Supongo que mi vocación también responde a una ambición artística, a un ansia de creatividad. Aspiro a una escritura incisiva. Provocar al lector. Obligarlo a un ejercicio intelectual. A "construir sentido", dicen en mi facultad. Estudié Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario. Estudio, mejor dicho. Entre las cosas que no hice hay que incluir la tesina. Ya la termino. Hace meses que ya la termino.

Me es imposible no hacer referencia a mi familia. No soy más que una parte de ella. Soy, en realidad, 1/8 de persona. Tengo cinco hermanas, todas más chicas: María, Mercedes, Clara, Rosario, Emilia. No podría vivir sin pelearme con ellas. Mucho menos sin el ejemplo de mis viejos, Ricardo y Tina. Hasta debería incluir a abuelos, tíos y primos. Por todos ellos, más que por lo que haga o deje de hacer, soy quien soy. Alejo Miranda me llamo.

Semblanza de una morocha preguntona

Por Itzela Sosa
Cuernavaca, México
moluscofeliz@yahoo.com


Nací en lo que es el invierno para algunos un 23 de diciembre del año del dragón en Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera. Nunca fui una persona silenciosa. La tercera hija de un matrimonio que ya para entonces hacía grandes intentos para mantenerse unido. Crecí persiguiendo atardeceres. La casa de mi abuela en Cuautla me tomó siempre por sorpresa. No solo por sus cuartos casi laberínticos, o por la covacha al final de aquél pasillo en la que siempre imaginé vivía alguna bruja, algún fantasma, sino por las interminables leyendas que escuchaba entre sus muros. Me hice niña y crecí con sus olores, amaba cocinar, ver las manos alquimistas de mi abuela ante la estufa. La magia de mi abuela se disipaba en aquella casa que olía siempre a maíz, a chocolate, a chiles recién molidos. El metate acompañó más de una de mis noches en la víspera de algún festejo familiar.

Ahí recibí mi primer libro de poesía, me maravilló su geometría indescifrable entonces para mi. El kinder y el níspero del patio trasero de la casa me esperaban en Cuernavaca. Cada vez los libros de la casa eran más míos al igual que las preguntas, cada vez mi cama era más chica. A los 11 años decidí que iba a ser feliz.

Benedetti y Neruda acompañaron mis primeras rebeldías y temores. El secundario acrecentó mi rebeldía mis ansias por viajar. Mi primer trabajo me enfrentó con la distancia, enseñé español y cultura mexicana por más de diez años a personas de todos los orígenes yrazas, esto me posibilitó viajar y abrir las puertas.

Los libros se volvieron la realidad de cada día, la conjugación y el verbo indispensable. Colaboré con diversos periódicos y revistas. Con Cortázar descubrí que no hay salida, no hay marcha atrás para cerrar los brazos.

Estudié administración por accidente, por tristeza. El 1 de enero del '94 no habré de olvidarlo nunca. Ese hervidero de injusticias no seolvida. Participé activamente en marchas en la organización de ayudas para el sur. Al graduarme Cuba ya me estaba esperando entre bembés y tambores, esa isla de corcho interminable me dotó de color, de la importancia de vivir sin revlon. Despertó mi sangre negra, fue un espejo. Meses después al retornar a México entré al posgrado en estudios de población del CRIM-UNAM. Asistí a talleres literarios, y capacitaciones en ciencias sociales, sexualidad ygénero. Lo que quería decir empezó a encontrar la senda, a tomar forma. Termine la tesis de grado con un premio nacional y mil preguntas más hacia delante.

Siempre he sido preguntona y pasional. Poco civilizada dicen muchos. Las preguntas continúan hasta hoy.

También mi asombro.

Se dice de mí

Por Jimena Palá
Mendoza, Argentina
jimenapala@hotmail.com

Con toda certeza, puedo decir: mi nombre es María Jimena Palá, tengo 26 años, vivo en Mendoza desde los 6 y estudio Licenciatura en Economía.

¡¿Y ahora qué?!... ¡¿Cómo sigo?!...

Espero, me permitan esta licencia: optaré por utilizar, (¿acaso tratar de interpretar?) palabras que dijeron, en algún momento, amigos y familiares, acerca de mi:

Sos una persona muy franca… ¿Tal vez, una manera sutil, de decir que hablo en el momento menos indicado y digo exactamente “eso” que no tengo que decir?

Tu temperamento es muy fuerte…Y si, en determinados momentos me vuelvo insoportablemente belicosa.

Tenés tus principios y los respetás… ¿Será que soy muy cobarde para romperlos?

Muchas veces no logro entenderte… Ah... bueno, yo menos, ciclotímica hasta la médula; mientras lloro, para no perder tiempo, puedo arrojar una estrepitosa carcajada.

Sos una soñadora… Terriblemente despistada, puedo volar a otro planeta en medio de una conversación.

Sos muy exigente a la hora de buscar un hombre, además de independiente… podría leerse: “Hace rato que dejaste de ser soltera, para ser maniática”.

Y si… naciste el día de los inocentes… Más allá de la fecha (28 de diciembre) crédula a más no poder, soy un blanco fácil para cualquier tipo de chistes.

Tenés una mente muy abierta… ¿Acaso tan contradictoria que ya no sé ni qué es lo que creo?

Pasemos al aspecto físico, he escuchado frases como:

A vos no te importa aparentar, no te interesan las frivolidades… La causa justa de por qué los joggins y zapatillas me acompañan a todas partes. Una de las pocas veces que tuve que usar zapatos de taco, hace un par de meses, en un casamiento, terminé quebrada, con tornillos en el tobillo y muletas que todavía me acompañan (juro que es verdad).

¡Qué lindo! ¡Cómo te ha crecido el pelo!… En realidad hace casi un año que no voy a la peluquería, las raíces son kilométricas y las puntas sirven para barrer.

No estás “tan” gorda… ¿”tan” gorda para qué? ¿Acaso para romper la balanza? ¿o para que mi trasero quede atorado en la silla?

Y el infaltable… sos muy inteligente y re-simpática… la mejor forma de decir: esta chica solo se dedica a estudiar, no se arregla nunca, es una pobre víctima de la fuerza de gravedad.

A esta altura ya no sé que creer. ¡De todas maneras me siento muy feliz! Estoy rodeada de personas maravillosas, que me conocen, me hacen sentir querida, no me juzgan y en muchos casos ven o, mejor dicho, creen ver lo mejor de mí.

El objetivo era darme a conocer, hice el intento… de cualquier manera, el “juicio final” está en tus manos.


De lo que no cabe ninguna duda: después del “Taller de Redacción” me inscribiré en uno de “Autoconocimiento”.

Yo, ¿por mí?

Por Guillermina Delupi
Córdoba, Argentina
gdelupi@hotmail.com

Guillermina no es un nombre común. Al menos no lo era cuando yo era pequeña, tal vez por esas cosas incomprensibles y asombrosas que tiene la moda. Sólo se llamaba así una anciana de tremendo carácter que vivía dos calles más allá de la mía, lo que me costaba la burla sistemática de todos mis amigos.

Quizás fue entonces que se me ocurrieron las bondades que hubiese tenido el haberme llamado Mariana, pese a los dichos de mi madre que sostenía enérgicamente que al nombre lo hacía la persona que lo
portaba. El hecho es que nunca me atreví a cambiarlo, y con el tiempo hasta llegué a encariñarme con él.

Nací en una provincia como muchas, hace 30 años. Cuando tenía dos, me exilié -sin que fuera una elección para mí- en pueblos perdidos de la geografía argentina. Fuimos muchos los arrancados de nuestros hogares por la dictadura militar.

Tez trigueña y 1.70 metros de altura me acompañan desde los 16 años. El color celeste -o azul o gris- de mis ojos, que para muchos podría haber sido un encanto, fue para mí el artífice de los peores castigos de mi infancia: frente a mi casa vivían "los trillizos", muchachitos de piel renegrida y de grandes ojos oscuros, que no dejaban pasar oportunidad de hacerme notar la diferencia al son de un cántico -para mí humillante- que no he podido olvidar: "ojos blancos, ojos blancos".

La cara llena de risas de mi madre al ver mis "ojos blancos" atestados de lágrimas por aquello que yo consideraba la peor de las ofensas, me obligaba a refugiarme en los transparentes ojos de aquel chino -aunque nacido de occidentales- que me miraba desde la revista D´Artagnan como comprendiendo mi indignación creciente. Y yo acariciando el papel que me mostraba sus ojos -esos sí al límite de la blancura- pensaba: "Pobre Dax".

De canas aparecidas a corta edad, el pelo castaño, ni liso ni ondulado: en el punto exacto para que los días de humedad se hagan un festín de lo más desopilante.

La costumbre de entrar a todos lados como pidiendo permiso no sé de donde me viene. Pero despierta en mí la sana envidia de quienes entran por una puerta y se hacen notar sin el menor encogimiento.

No hay cosa que deteste más que levantarme en las mañanas (temprano o tarde, igual da). Y no logro comprender todavía de qué se ríe la gente a esas horas.

Tengo una manía casi fóbica, que a veces raya lo ridículo, por las puertitas abiertas -de alacenas, placares- y por cierto orden, como si necesitara del orden exterior para sentir un cierto orden interno.

Desde que tengo uso de razón, me acompaña una facilidad increíble para creerme incapaz de ciertas cosas, y una tendencia inquietante a pensar que siempre hay alguien que es mejor y tanto mas capaz que
yo en cualquier tarea que se nos ponga por delante.

La vida me ha convencido de adentrarme en la lucha por modificar el sistema social en el que vivo, cosa que hago con placer, responsabilidad y mucho respeto desde hace algunos -varios ya- años.

De la mano de Cortázar aprendí que "escribir calma de a ratos", será por eso que escribo: me calma, me libera. Y lamento siempre de no disponer de más tiempo para hacerlo.

Releo lo que escribo y ya no sé si esto que empezó como una autosemblanza se corresponde con la consigna planteada. Nada raro en mí, que suelo desmitificarme a cada paso. Confío mas, entonces, en el juicio de Laura a esta altura del partido.

Esto que soy

Por Ayelen Waigandt
Paraná, Entre Ríos, Argentina
wafis1313@yahoo.com.ar

Siempre me es difícil hablar de mí. Soy bastante tímida y reservada, aunque no lo parezca. En este momento estoy triste, no tengo ganas de escribir, lo cual complica las cosas, y no hago honor a mi nombre: Ayelen (se escribe sin acento), que quiere decir “alegría” en lengua mapuche. Soy flaca, abuela dice que en demasía; tez extremadamente blanca; pelo oscuro, con algunos resabios del colorado paterno, lacio y largo hasta la mitad de la espalda; los maternos ojos marrones.

Nací y vivo en Paraná. Tengo una hermana de 23 años que en diciembre me hará tía por primera vez, un padre ausente por propia voluntad, y una mamá que es más importante que el sol. Hace un año perdí a mi abuelo y con él todo el significado de la figura paterna. Juro que jamás había conocido un dolor tan profundo.

El próximo jueves cumpliré 26 años y soy periodista. Hace cuatro, tras hacer mi pasantía correspondiente a la Licenciatura en Comunicación Social, comencé a desempeñarme profesionalmente en diversos medios periodísticos: desde ese momento no paré de trabajar y abandoné la última materia que me separa del título. Es mi cruz por estos días, ya que suscita los ruegos de mi madre. Prometí intentar recibirme para fin de año y espero cumplir.

Las noticias forman parte de mi vida casi como una extensión de mi existencia. Siempre práctica, mi carácter fuerte y la firmeza en las decisiones me ganaron el mote -casi siempre mal intencionado-, de “loca”. Tanto en el trabajo como en la vida cotidiana, soy bastante hiperactiva pero con nervios centrados y buen ánimo, que sólo desaparece cuando alguna injusticia me hace enojar.

En paralelo, bailo tango. Es una pasión que comenzó en el 2003 y que no desaparece por más que los huesos débiles y enfermos por la fiebre reumática que se apoderó de mi cuerpo se quejen de continuo. Según los comentarios, lo hago bastante bien, y me gustaría dedicarme con mayor intensidad.

Llevo una vida sencilla de la que no me arrepiento, porque es la que elegí y elijo todos los días. Y es toda mía.

Dedicado a valorar las cosas que dan sentido a la vida

Por Verónica Guevara
Buenos Aires, Argentina
guve1975@hotmail.com

Luego de nueve complicados meses de embarazo, y con una melliza que me dejó sola, el 30 de mayo del ´75 nací en el Hospital Italiano.

Geminiana, rubia, regordeta y de cachetes rosados era la nena que tuvo en vilo a un barrio. No exagero, fui creciendo y conocí gente que era clienta de mamá modista, o “paciente” de papá enfermero, que me contaba lo querida que era mi familia en Caseros, y que todos sabían mi historia. Es que los buenos cimientos los colocó mi abuela, un Tesoro, como su nombre, la mujer que caminó calles de tierra para traer al mundo a muchos que ahora portan canas, mujer que tuvo de flanco a su féretro a un desconocido que no dejaba de llorar y que ante la mirada desconcertada de todos nosotros, levantó la cabeza y dijo sollozando: “Esta mujer me salvó la vida”.

A pesar del miedo de mis padres, no me “faltó” ninguna parte del cuerpo ni se vieron deterioradas mis capacidades (aunque ante el chiste fácil más de uno me ha dicho “y, tan normal no sos”).

Crecí, el pelo se me oscureció, la vista me condenó a diez años de lentes y los dientes no me quedaron muy derechos: “No mamá -supliqué- por favor, ¡no! Si uso lentes no me pongas los aparatos”, a lo que la Tana, comprensible, accedió.

En mi casa, nunca faltó nada. Jardín, primario y secundario privados, para mí eran algo habitual. Sólo cuando maduré comprendí el sacrificio de mis viejos: mi papá, jubilado desde los 27 años por una operación de columna que lo dejó rengo y un oficio que apenas le dejaba para comer, había conseguido media beca para mis estudios. Mi mamá, que estudió corte y confección en su pueblo y se perfeccionó en un curso que venía de regalo con la compra de una máquina de coser, vivía cantándome canzonetas. Fui feliz con lo que había, no recuerdo haber escuchado jamás: “no tenemos esto… no nos alcanza para lo otro…”

Claro que no tuve cosas: los dibujitos a color los miraba en la casa de mis abuelos, mi ropa nueva era la que me hacía mamá, no conocí el Ital Park, me llevaron pocas veces al cine, pero fui tan pero tan feliz.

Mis hermanos me regalaron seis sobrinos. Dos varones y una nena de Rosana, que cumple 40 en agosto: una morocha hermosa, buena madre, hermana y persona; y dos nenas y un varón de Carlos, el acuariano, que pisando los 45 mantiene intacta su cuota de inmadurez.

Tuve mi viaje a Bariloche, mis noviecitos, mis variados trabajos (desde heladera hasta administrativa), mi paso equivocado por la contaduría y finalmente mi título.

“La Rubia es Licenciada en Comunicación Social” decía orgulloso papá por donde iba, y una vez más el barrio se enteró de una de las mías. No era para menos, yo había cumplido el sueño su vida.

Tuve mis 15 minutos de fama en televisión y me enamoré de la radio, pero fue gracias a un profesor que descubrí mi vocación: la docencia. Hoy, a mis 30 años doy gracias por lo que soy, una profesional, con una familia hermosa y un solo sueño por cumplir: formar junto al ser que amo un hogar tan lindo como el que me vio crecer.

María Emilia por María Emilia

Por María Emilia Schmuck
Santa Fe, Argentina
emi_sch@hotmail.com

Mi abuela dice que nací hablando. Los demás protagonistas de mi infancia lo confirman: resultaba impresionante escuchar hablar con tanta soltura y rapidez a un ser tan minúsculo y de tan corta edad. Sin embargo, y sin dudar de mi actual propensión al habla, creo que he logrado controlar bastante mi lengua y disminuir un tanto mi parloteo continuo.

Nací hace diecisiete años en la ciudad de Santa Fe y desde ese entonces permanezco en el mismo lugar sin la más mínima intención de abandonarlo. Hasta hace poco tiempo no conocía mi ciudad por completo, limitándome a circular por el barrio en el que se encuentran mi casa, mi escuela y mis amigos y familiares. Afortunadamente, tal vez gracias al simple paso de los años, un poco de lectura y algunas nuevas amistades, he comenzado a circular por otras zonas que me eran ajenas y conocido otras realidades a las que era indiferente. Estoy orgullosa de ese cambio.

No sé cuánto de mí hay en mí, pero si estoy segura de que quienes me rodean e influyen en mi vida han colaborado considerablemente en el desarrollo de las características de mi persona.

En mi casa somos cinco, y yo soy la mayor de tres hermanos. Desde que nací, me convertí en la obsesión de mi papá y aún hoy ambos mantenemos una relación basada en la admiración e identificación mutua que por momentos es algo enfermiza. Mis mayores miedos están relacionados con su pérdida y necesito que cada uno de mis comportamientos sea aprobado por él.

Mi mamá es una mujer callada, tranquila, simple, ordenada, determinante e introvertida. Yo, soy una adolescente que habla hasta por los codos, es muy complicada, extremadamente desordenada, cambiante y activa y no puede evitar demostrar lo que piensa y siente. Estas notables diferencias que la mayoría de las veces nos apartaron, principalmente en mis primeros años de adolescencia, hoy parecen complementarnos y, de a poco, permitirnos compartir nuevas cosas. Cuando siento que me acerco a mi mamá, creo estar creciendo.

Me falta mucho para convertirme en una persona madura. Tengo muchas cosas por cambiar, y, por sobretodo, muchas cosas por aprender. A veces siento que no se nada y eso me acerca a los libros. Me gusta mucho leer, principalmente a autores latinoamericanos y biografías o recuentos de hechos históricos. Es una obligación que yo misma me impongo y cuyo premio es sentirme cada día un poquito menos ignorante.

Entre las numerosas cosas que creo deber modificar está, como ya he mencionado, mi extremado desorden, reflejado en mi pieza y demás cajones, mis horarios, mis continuas pérdidas y olvidos y mi impuntualidad. Sin embargo, más allá de que una vida organizada me sería más fructífera, mi prioridad se centra en la modificación de otra actitud, que a mi parecer constituye mi peor defecto: el miedo al cambio. Me cuesta aceptar que muchas cosas finalizan para dar lugar a otras nuevas.

Y como todas las personas, tengo alguna que otra virtud. Sé escuchar a las personas, entenderlas y apoyarlas. Soy sensible ante lo que pasa a mi alrededor. Puedo mantener al día mis amistades y supe elegir las mejores del mundo. Tengo opiniones bastante definidas e ideas bien arraigadas, se lo que me gusta y lo que no.

Me gusta conversar, conocer a las personas a partir de una charla y pasarme noches hablando con gente interesante.

Me gusta llorar, es necesario y se que me hace bien. También amo reírme, y me hace feliz saber que lo hago seguido.

Me gusta estar con mis amigas, compartir todas las mañanas de mi vida con ellas en la escuela y también viajes, salidas, encuentros.

Me gusta escuchar música, sobretodo rock nacional cuando me baño y en recitales.

Me gusta leer, y escribir.

Me gusta el teatro, me ayuda a abrirme, conocerme, divertirme.

Me gusta comer.

Me gusta dormir.

Me gusta vivir.

Beltrán mi vida, Cipolletti mi pasión

Por Daniel López
Cipolletti, Río Negro, Argentina
daniel_lopezferro@yahoo.com.ar

Mis 23 años están repartidos entre el pueblito de Luis Beltrán, donde nací, y Cipolletti, lugar en el que, desde los 18, se desarrolla el profesional.

Mis padres, familiares y muchos de mis amigos aún los tengo en el pueblo. Allí me crié, me eduqué. Comencé a vivir la vida.

La pasión me la da la ciudad. El fútbol, el periodismo y mi mujer. Tres pasiones unidas por el amor, aunque separadas en la forma de amar.

Ser futbolista del Club Cipolletti me ha llevado a conocer el país, con sólo patear un balón, y a habitar sentimientos indescriptibles. El fútbol lo llevo en la sangre, ocupa gran parte de mi corazón, y reconozco que nadie de mi familia estuvo cerca del deporte más hermoso del mundo, como para inducirme a tanto entusiasmo. Sólo un tío que albergaba muchos “Gráficos” en su casa y cada visita familiar era un convite para pispiar algún jugador o las camisetas de los equipos.

El periodista también se formó en la urbe. Con el estudio, con la experiencia. Con sueños rotos y promesas incumplidas. Con pagos pésimos, si es que los había. Ya no estoy en los medios, pero sigo escribiendo, que no es poco.

Y fue en el alto valle de Río Negro donde conocí al amor de mi vida. Ella es única, es mi mujer. Natalia es quien elegí para vivir el resto de mis días. Será la madre de mis hijos y mi compañera hasta que en algún momento volvamos al pueblo que me vio nacer.

Por ser tranquilo, sin actividad nocturna y en muchos casos sin vida social, soy criticado. Algunos hablan de amargura, otros de aflicción. Tengo un estilo de vida sano y amo el deporte. El cigarrillo no ha golpeado mi cuerpo y no creo que vea en mí a un potencial consumidor. Sí el alcohol. Pero sólo el del buen vino. Ese que desata a los duendes de la inhibición.

Soy docente, aunque nunca me lo hubiera imaginado. Las mañanas me las paso dando clases, ese lugar donde uno no sólo enseña, sino que aprende mucho. Es donde intercambio conocimientos, experiencias y esa interrelación es lo que hoy más me nutre.

Causo bastante sorpresa cuando conocen mi pasado y presente. ¡No soy un delincuente ni un fenómeno!, pero es raro que un futbolista profesional sea periodista, y además... profesor. Raro, no imposible.


Si dividiera mi día hablaría de mañanas de aula, tardes de cancha y noches de lectura y familia.

No creo que surjan más datos de este pueblerino, muy casero con cero shopping y muy poca moda. Digamos un arcaico.

Mi nombre es Daniel López, “el Rulo”, por esa cabellera que tanto trabajo da mantenerla conforme a la normalidad. Se torna incontrolable esa porra los días de humedad, como Maradona a los ingleses en el 86. Inconciliable.

El apodo surge como el de todo desconocido que llega a un lugar y juega un picado. En seguida rebrotan el “pasála gordo”, “tirála negro” o “corré rulo”. Como el nombre del “nuevo” no es de dominio público, los compañeros comienzan a buscar una característica física explícita, a la vista, que identifique a la persona.

Consejo: no hagan como el pibe de la publicidad de Coca-Cola que fue denominado, por decreto y por el color de su remera... Rosa. Chequeen su ropa antes de participar en un picado siendo un desconocido. Esos apodos no se van más. Se los digo por experiencia.

Ahora sí me despido. El Rulo, el Dani o como quieran llamarme se ha presentado. Y va a usar una frase refritada, retrillada y súper utilizada; pero precisa en este momento: gracias por tanto, perdón por tan poco.

Problema matemático

Por Marcela Flury
Rosario, Santa Fe, Argentina
mflury77@uolsinectis.com.ar

Todo lo consulto previamente, necesito de la autorización y la aprobación de todos. Soy un ser extremadamente inseguro y nada de esto sabrías si no te lo contara a escondidas.

Estoy llena de contradicciones, pues bien, soy un enigma. Te delego la facultad de interpretarme porque no puedo conmigo misma.

Pienso que nada de lo que diga será lo suficientemente importante, emocionante. Soy demasiado predecible. Los únicos matices son los grises.

Si hay algo que me fastidia es la gente predecible, de una sola lectura, sin punto y aparte y estrofas.

La rutina me incomoda y no puedo vivir sin ella. Cuando frecuento algo distinto y me tiro a la pileta es para conocerlo de lleno, pero después me asusto y desaparezco. Soy puro espamento.

Repaso... deseo borrar, no sé por qué me presté a esto pero, acá estoy, escribiendo.

De qué me sirve este alfabeto sino es para comunicarme. ¿Ahora, qué comunicar?

Tengo una joroba de un metro, ojos saltones como los sapos, mi piel esta llena de escamas y la lengua de tan larga se enreda en todas partes. Me veo así, soy un espejo roto en mil pedazos, estar conmigo sólo te traerá mala suerte.

Me molesta la gente que no te mira a los ojos, a ellos los perforo con la mirada. Pero me da escalofrío que me observen, analicen y voy con la cabeza gacha por el mundo.

Soy un cero a la izquierda, no sirvo para sumar, restar, no causo problemas, no ocasiono desmanes, soy un puro no.

Hace tiempo deje de ser propietaria de este cuerpo, mis actos y palabras me llevan a vivir situaciones insospechadas sin lograr descifrarme. Soy un misterio, un problema matemático.

La vida esta escrita en las pequeñas cosas

Por Bárbara Limoncelli
Capital Federal, Argentina
blimoncelli@hotmail.com

“Siempre te reías de chica”. Pese a esta insistencia de mi mamá yo no recuerdo nada de mi infancia, pero por los retazos que he ido juntando, sé que fue buena.

Nací en marzo de 1977, en plena dictadura militar, mi tránsito a este mundo fue complicado, 18 horas de trabajo de parto hicieron que Nora, mi mamá, quien quería tener una familia numerosa, desistiera de ello y solo se quedara conmigo. Un divorcio 3 años después tampoco ayudó a su sueño. No fue fácil ser hija de padres separados.

Una vez escuche que uno elige a sus padres, no lo sé... pero si es así, pese a todo, NO me he equivocado.

Amo los libros, las pastas y los animales. Nací en una familia que me ha enseñado a defender mi libertad, SIEMPRE. Un papa esperanzado y soñador como pocos, a quien el mundo se ha empecinado en hacerle las cosas difíciles. Un ser SUMAMENTE generoso, que me ha dejado ser, sin críticas. Una mamá luchadora hasta el cansancio, con una fuerza de voluntad pocas veces vista.

Nadie en este mundo sabe por todo lo que hemos pasado, pero hoy después de mucho tiempo, es una mujer feliz.

Nací en el sur de nuestro país, en la provincia de Neuquén, transité mi niñez sin hermanos, hasta que a mis 12 años papá decidió tener otro hijo, con otra mujer: un peludito, morocho de pestañas larguísimas y amor innato.

Hoy tiene 16 y la rebeldía que siempre hubo en sus pelos lo acompaña en su vida.

Tengo dos abuelas; una que es el estereotipo: cocinera, ama de casa, mujer de campo y otra, completamente intelectual, quien con sus 87 años y mientras su físico dice basta, todavía recuerda a la perfección los 5 idiomas que habla. Un metro y medio de completa sabiduría, de quien he heredado el amor por los libros, los viajes, las culturas perdidas, el cine. Como me dolerá el día que decidan llevársela. Pero la he disfrutado muchísimo.

A los 16 años decidí que Buenos Aires sería mi destino, terminé pronto la secundaria y llena de miedos me embarque a la gran ciudad con una mochila repleta de esperanzas. Estudie comunicación, soy periodista. La vida a veces esta escrita en pequeñas cosas, nací en la calle Periodistas Neuquinos y viví toda mi vida neuquina en la Torre del Periodista, curioso ¿no?

También quise ser actriz y en parte lo soy, como todas las mujeres. Estudie teatro varios años hasta que la vida de las decisiones me hizo optar por mi carrera. Intento vivir con la premisa de no dejar nada de lo que tenga ganas de hacer de lado. Sé que uno no puede transitar todos los caminos, pero no voy a arrepentirme de no haber intentado lo que deseo y sueño.

Adoro a mis amigos y agradezco tener tantos y tan buenos. Son mi familia sustituta ya que la biológica esta lejos.

Me encanta salir, bailar, divertirme y lo he hecho hasta el cansancio.


Me he enamorado muchas veces. Quise y no me quisieron. Me quisieron y no quise. He llorado. Dejé y fui dejada. Amé y me amaron. Todo me sirvió para SENTIR, que es lo que vale.

Alejandro apareció en mi vida hace 5 años y pese a los negativos pronósticos de todos, seguimos juntos. Es real, somos tan poco parecidos, tenemos opiniones muy diferentes, pero ni eso, ni los 13 años que me gana en edad, han hecho que no podamos compartir nuestras vidas. Tenemos mucho que aprender uno del otro.

Tengo muchos miedos, pero el principal es ser madre, y aunque ganas no me falten, temo perder la libertad que he conseguido y que tanto me gusta.

Ah! Si de algo importa, soy rubia, con rulos sin dirección, ojos que llaman del tiempo y 1.70 de altura. No como carne roja hace mucho tiempo y poco a poco iré dejando de comer también todo lo que tenga ojos y patas. Locura para algunos, coherencia para mí.

¿Seré ésta?

Por María Susana Alvarez
Huinca Renancó, Córdoba, Argentina
msaa@huincacoop.com.ar

Héctor Tizón planteó un interrogante existencial: "¿Somos lo que queremos ser o somos lo que los demás creen y quieren que seamos?

Veamos, por hoy intentaré mostrarme siendo lo que soy, es decir, lo que me devuelve el espejo cuando me para frente a él, cuáles son mis reacciones, qué cualidades tengo o me hicieron creer que tengo. En fin, es difícil tarea ser mirado y no reconocerse o lo que es peor aún, mirarse y ¡qué horror! Reconocerse.

Nací un 16 de julio del hoy remoto 1949 en un pueblo ubicado al sur de la provincia de Córdoba, llamado Huinca Renancó. Una partera, antiguo oficio, me trajo al mundo en mi propia casa.

Cierta vez, una amiga firme creyente de lo que los horóscopos vaticinan me dijo: "Sos de Cáncer". A mí, que estas cosas me parecen increíbles por las sandeces que afirman, pues uno no lee dos que para la misma semana o mes o año pronostiquen lo mismo; le contesté: sí, soy de Cáncer hasta en el horóscopo.

Comencemos ahora paso a paso y acabadamente a cumplir con la consigna: escribir una autosemblanza. Mi físico se arma en un espacio pequeño, un metro sesenta y tres de altura, 56 kg. de peso, cabello castaño que roza los hombros. Según dicen "estoy muy bien conservada". Expresión que me suena a que me parezco a una sardina que en lata sobrevive.

Mi infancia transcurrió hasta los 5 años en un campo de la zona, propiedad de mi familia; de vez en cuando me llego hasta allí buscando la paz que ofrece, contemplar desde la galería, la fina línea del horizonte, que tan bien pintara Molina Campos.

Ese buscar la paz, tal vez es el inicio de mi retrato psicológico: soy aguerrida, defiendo mis ideas en arduas discusiones porque estoy convencida que desde el intercambio se cimienta la excelencia. Este rasgo de mi carácter contrasta con una profunda introversión en mis sentimientos más íntimos. Sólo exhibo mis ideas, la soledad, la angustia, han sido radicales compañeras de ésta, mi manera de ocultar a la otra.

Sigamos armando esta persona. Como diría Borges, en La Memoria de Shakespeare: "De tarde en tarde me sorprenden pequeñas y fugaces memorias que acaso son auténticas". Las conversaciones sobre historia española que mantenía con mi abuelo paterno (llegado a la Argentina a los 18 años), eran una delicia, los libros que colmaban mi cama cada noche, la música clásica que en un viejo combinado me hacían escuchar mis padres en los viejos discos de de pasta y de la que yo, huía clandestinamente, en mi adolescencia, época en la que el Club del Clan, estaba en su apogeo, clandestinidad de la que no me avergüenzo pues sigue siendo para mí una muestra de coraje. Coraje que aún hoy, me trae problemas cuando en reuniones se abordan temas como: la invasión a Irak, las privatizaciones argentinas y todas esas cosas que los políticos hacen buscando lo que quieren para sus países (petróleo, gas...) o lo que en sus bolsillos todavía cabe. En fin no soy mansa.

Mi familia está compuesta por tres hijos: dos varones y una mujer. Uno, ingeniero químico, otro, estudiando Agronegocios y proyectándose hacia Ingeniería Agronómica en el futuro, y la menor reiniciando sus estudios de abogacía. Como toda madre, espero que sean felices.

Mi oficio, docente de una escuela secundaria en la que ejercía horas cátedra y a la vez era directora, trabajo que tuve que abandonar obligada por un grave accidente automovilístico del cual sobreviví entera, tal vez por eso de que "yerba mala nunca muere".

Ahora, me dedico a aprender a escribir discursos sociales (¿puedo nombrar así a los que el periodismo abarca?), lo cual no resulta para nada sencillo.

Hoy, una urgencia ocupa mi espacio: la presentación de un libro que narra la vida de una íntima amiga que vive en Bueno Aires, prestigiosa especialista en derecho de familia. No se trata de "la excelencia", literariamente hablando, contiene una breve biografía, que pese a lo trágica, es un sorprendente canto a la vida. Se titula "A que sí", Hernán Walter Martínez, médico de su hijo desde hace 25 años, lo escribió, editorial Dunken lo publicó, no persigue fines comerciales, su valor es ínfimo. Simplemente muestra una historia de vida digna de ser contada y conocida.

Finalizo aquí mi autosemblanza agregando unos versos de Mario Benedetti con los cuales me identifico, seguramente porque hay en mí historia heridas abiertas que, por prudencia, no he contado. Vayan pues éstos como magistrales compañeros de mi precaria autosemblanza:

"Al fin por fin en fin no caben dudas
la belleza se aleja y uno queda
solo como una flecha que erró el blanco
dejó melancolías en la puerta
un azar miserable en la ventana
y el nombre salvador que nunca llega

Sólo perdura en el corazón con canas
cansado de latir en las promesas
estirpe de los sueños que hacen cielo
cielo de los amores a la espera
canas que son del alma amenazada
soplo que sobrevive a duras penas
recuento inútil de estaciones locas
donde ya se borró la primavera"

De "Memoria y esperanza" (Editorial Destino)


Nublado y melancólico final ¿no?

Algo sobre ella

Por Kari López
Buenos Aires, Argentina
karilopez@uolsinectis.com.ar

Ella cree en el poder de las palabras; en la magia del lenguaje; en esa innegable necesidad de expresarse y de comunicar. ¨ ¿Hay algo más maravilloso que eso?¨, se pregunta. Ella no entiende que la vida en sí sea de otra manera; cierra los ojos y sólo encuentra una única vocación.

Pensó, primero, en ser abogada. Y luego, los hilos del destino la condujeron hacia un concurso literario que le cambió la senda. Ya lejos del mundillo de las leyes otro era el universo que le despertó curiosidad: el de las palabras y su conjunto; allí donde las oraciones sumadas con comas y puntos podían contar historias, reales o no; o conformarse en ensayos, discursos, descripciones, y en tantas variantes como uno pudiera imaginar. Un lugar desde donde poder trazar las emociones, acercarse a los demás, pintar una acuarela del alma y ser, uno mismo, un artesano de la palabra.

Si uno es su biografía; ella prefiere pensar que, en realidad, ella es lo que desea ser; lo que todavía no pudo, porque cree que su tiempo aún ha llegado, que lo mejor estará entonces por venir.

Karina es esa clase de persona apasionada por lo que le gusta. Idealista, soñadora; graciosamente dispersa, comprometida con sus afectos, pero a veces débil, demasiado sensible. Karina sufre porque entiende que tiene muchas cuentas pendientes, que muchas veces no tuvo la voluntad suficiente para superar las pruebas que le impuso el camino, que se extravió en algunos laberintos y que fue más fácil no reconocer que lo que hacía no era suficiente. Pero hoy se sabe fuerte y con la energía para dar batalla. No hay éxitos sin esfuerzos, se dice siempre. Es una cuestión de voluntad, se repite cada mañana. Y lo cree firmemente.

Uno pensaría que pareciera ser la tristeza lo que motiva sus escritos; que eso la impulsa a dibujar sobre el papel sus pensamientos; uno desearía que fueran otros los temas; como adivinando cierta soledad. Pero no asumirlo es, para ella, negar lo que es real; a cada uno le toca lo que le toca; y hay que vivirlo de la mejor manera posible. Así es Karina, lo que pasó ahí queda, cada vez que giremos el cuello estará, pero siempre para recordarnos que lo vivido es sólo eso, lo pasado y que en todo caso, lo que viene dependerá de nosotros.

Hoy, Karina sueña con llegar a ser a una periodista de algún medio gráfico que la abrigue, que la transforme, que la mejore; sabe que es un largo y difícil camino, pero ¿qué es uno sin sueños? Entonces ahí ella, buscando, anhelando, sonriendo, empujando. Trabajando para ser cada día mejor, para gritar en la meta que pudo conseguirlo, y disfrutarlo; disfrutarlo mucho.

Autorretrato

Por María Lilia Santiá
Córdoba, Argentina
marilynsa27@yahoo.com.ar

Mi nombre es María Lilia, aunque desde que tengo memoria me dicen Marilyn. Nunca se supo bien a quién de mi familia se le ocurrió el sobrenombre, pero me identifico así.

Soy de carácter tranquilo, aunque a veces, como dicen, "la procesión va por dentro".

Mi gusto por la lectura viene desde chica. Entonces pasaba horas leyendo. Seguramente esto influyó para que cerca de los veinte años, me inscribiera en un taller literario de Poesía, al que concurrí hasta que cerró y que me ayudó para que me publicaran, tres poemas en una plaqueta para entregar al público que asistía a la Feria del Libro de Córdoba, ciudad donde vivo, pero no donde nací.

Llegué a este mundo en Buenos Aires, donde viví un año y medio, hasta que con mi familia vinimos a Córdoba.

Siempre seguí escribiendo, aunque sin continuidad.

Durante tres años trabajé en un banco. También me anoté en la carrera de Comunicación Social. Una etapa que se dividió en dos, por el tiempo que dejé de cursar y el que retomé y finalicé la carrera. Llevo unos años de licenciada, pero soy una desocupada más. Por ahora.

L’Anita

Por Ana Herrera
Salta, Argentina
delamontania@yahoo.com.ar

Ana, Anita, Ani, Analís, Lizu, Pigmea. Así me llaman amigos, compañeros, marido, padres, madrina y hermanos respectivamente. La partida de nacimiento dice que mi nombre es Ana Elisa Herrera, nacida el día que comenzó el otoño de 1968, en un pueblito de la pampa húmeda cordobesa, llamado Marcos Juárez. Por cesárea de urgencia y con un color azulino, cuenta mi madre. A los 20 días, y ya de color rosadito, vine a la ciudad de Salta, lugar de cerros, coplas y empanadas, a transcurrir mis días.

¿Quién soy? ¿Qué soy? A ver. Creo que muchas contradicciones y facetas describen mi vida: la mejor alumna - rebelde; colegios religiosos - agnóstica; responsable y perfeccionista - rock and roll, vino y cerveza; mi madre elegante - me visto con jeans, calzado ancho y ropa sin marca; vocación por la medicina, el periodismo y la escultura - soy ingeniera agrónoma; trabajo en un lugar donde buscamos el desarrollo humano respetando las diversidades, el equilibrio ecológico, las minorías - el ingreso mayoritario de mi hogar proviene de la explotación minera; adhiero al discurso de la igualdad de géneros - mi práctica no siempre va en ese sentido; me parecen piolas las terapias alternativas, la búsqueda de una espiritualidad equilibrada y libre - ando alterada de los nervios sin saber para donde disparar. Puedo seguir, pero los 3.000 caracteres con espacios se van a quedar cortos.

Me esfuerzo para no ver el vaso medio vacío, a pesar de trabajar con gusto desde hace diez años en algo relacionado a mi profesión y mi ideología. A pesar de no tener preocupaciones económicas y situaciones familiares graves. A pesar de compartir la mayor parte del día con un grupo de gente bella. Me duele la injusticia, la pobreza -material y de espíritu-, la hipocresía, la mentira. Y por ser estas cuestiones bastante frecuentes en los entornos, y mi inteligencia emocional casi nula, mi coraza de mujer que lo puede todo se ha resquebrajado últimamente, aflorando un enojo y refunfuño contra el mundo que no me hace bien ni a mí ni a los que me rodean. Aún así quiero aferrarme a la mística y las utopías.

También tengo humor, ácido, pero humor al fin. La risa me aflora fácilmente, y tengo una boca grande que me acompaña en ello. Además de la boca, en mi exterior se ven dos ojos, una nariz, dos orejas, lo común, bah. Mi cabello, castaño y lacio a más no poder, estuvo casi siempre a la altura de la cintura, hasta que en un impulso de querer cambiar la cabeza, y creyendo que un peluquero es casi un psicólogo, me lo corté arriba de la nuca, hecho que lamentan muchos de mis conocidos. Aún puedo hacer desaparecer las canas sacándomelas de a una, sin quedarme pelada.

Y lo que completa mi ser y mi estar en el mundo son los afectos. Los de amigos varios y compañeros. Los de mis dos amigas-hermanas-limones. Los de mi familia ampliada con mamá, un papá que ya no está, dos hermanos menores, cuñadas, sobrinos, y suegra. Y sobre todo los de mi pequeña y querida familia, donde hay un marido que tiene las cosas de todo marido después de 8 años de novios y 8 de casados, pero al que quiero un montón. Donde crecen dos hijas hermosas, una de cinco años y otra de un año y medio, a la que todavía le doy la teta. Donde soy esposa y mamá, y ahí otra vez las contradicciones de mujer trabajadora - ama de casa. Donde tengo esos momentos que nos indican que la felicidad está aquí y ahora.

Final feliz, pero sigo. Quiero contarles que de estos dos últimos afectitos me quedó una horrible cicatriz vertical en el medio de la panza porque mi primer “parto” fue, para no perder la tradición familiar, por cesárea de urgencia. Y a propósito de esto, caigo en cuenta que tengo intuiciones que no puedo explicar racionalmente, pero que hicieron por ejemplo que mi primera hija nazca viva porque se me ocurrió pasar, por que sí, por la clínica una semana antes de la fecha probable de parto. Bruja al fin.

Y hasta aquí llego. Se acabaron los caracteres (ya sé, sobran). Faltó algo de la infancia y la adolescencia. Pero a mi me parece que a pesar del respeto por la palabra y todo eso, podríamos usar unos 3000 caracteres más. O mejor: soñar a que nos juntamos a comer un asado y tomar un vinito todos juntos, y nos contamos lo que falta. Y creer que los sueños se cumplen.

Bocetos

Por Jimena Riveros
Capital Federal, Argentina
laluna_india@yahoo.com.ar

Mis primeros años transcurrieron entre estudiantes, ya que mi mamá se aventuró a estudiar psicología y como nosotras vivíamos solas, nuestra casa era el lugar elegido para preparar las materias. A los 5 años mi mamá se enamora y es así como al poco tiempo ella tuvo un compañero y yo un papá. En la primaria me escapaba de las clases que consideraba molestas para irme a armar el periódico de la escuela. Años mas tarde esta situación se repetiría pero con la revista del Centro de Estudiantes. La secundaria fue colmada de adrenalina: la militancia, el sexo, las drogas y el Rn'R la resumen. Al terminarla pensaba que tenía que cursar la carrera de Medicina, pero al año siguiente comencé el magisterio (que como muchas otras cosas, nunca termine).

Me pongo de novia, quedo embarazada y nace Santiago en junio de 2000. Sigo estudiando. Dejo. Hago cursos. No hago nada. Fue en ese momento, meses más, meses menos, que me apodaron India, sobrenombre por cierto con el que me identifico. Estalla el país y yo, como muchos, agarro una cámara de fotos. A los pocos meses realizo un curso nuevo, esta vez de fotografía. Me separo. Fracaso mediante, vuelvo a vivir con mis viejos y mis dos hermanos (a Juan le llevo 10 años y a José 17). Vuelvo al magisterio. Lo dejo otra vez. Laboralmente, esos años fueron de bandeja en mano, siempre camarera. Oficio que a veces hasta extraño. El último día del año 2003 un análisis positivo me informa que estoy nuevamente embarazada, esta vez sin pareja. Gracias a un cliente del bar donde trabajaba, hoy amigo, consigo un trabajo que me comprometía mucho menos físicamente y ligado a la carrera que en algún momento comenzaré, para esta vez terminarla. Así fue como empecé a formar parte del equipo de prensa de una obra social en la que actualmente sigo trabajando. Este salto me dio la posibilidad imperante de irme a vivir sola con mi hijo y mi panza. En septiembre de 2004 nació Bautista y mi mamá fue testigo presencial del nacimiento de su segundo nieto. Un detalle, me llamo Jimena Soledad Riveros. Jimena soy yo, Soledad no me pertenece y Riveros fue un tema. Mi papá biológico se fue cuando yo era muy chica; su apellido es algo que siempre me costó llevar hasta que anoté a Bautista con ese mismo apellido y me reconcilié. Destaco que a los 14 años y en plena búsqueda de mi identidad salí a buscar a mi progenitor. Lo encontré. Cada tanto hablamos y somos muy buenos parientes lejanos.

La vida hoy me encuentra con 2 hijos hermosos y un compañero al que amo y que, con sus escasos 26 años, lleva con él haberse enamorado de una mujer que venía con un combo por partida doble.

Soy Jimena Riveros, la India. ¿En cifras? Nací en 1980. Tengo 25 años. 2 hijos. 1 Compañero. Mido poco más de 1.50 mts., peso 49 kg. Trabajo 7 horas diarias, viajo 2, duermo 6. ¿En calidad? Cuerpo chiquito, voz imponente, ojos grandes, pelo largo y oscuro. Carácter fuerte. Ciclotímica. Así soy. Así me ven. Soy la consecuencia de todo lo que viví, de todo lo que me tocó y de todo lo que elegí.